Resurrecciones en Samaria (sobre Juan 4)

Por Juan José Barreda Toscano

Se pensó que la jornada sería corta, pero no lo es. Los caminos se hacen más largos cuando éstos vienen cargados de tensiones internas. Esta vez no son los "otros", sino los mismos amigos quienes guardan un silencio total. Nada. Ni una palabra se pronuncia. Sin embargo, en los ojos de todos ellos se pueden oír los gritos de disconformidad. Aun las aves parecen oírlos pues todas ellas levantan vuelo ni bien perciben los alaridos de sus miradas. Joshua sabe lo que pasa por los corazones de sus amigos, pero solo camina. Distendido transita su camino y disfruta del silencio. Otro silencio es el suyo..., uno distinto al de los doce.


Llegada la noche deciden establecerse en un lugar algo descampado. Se sientan alrededor de un fogón que el mismo Joshua ha preparado. Quienes no soportan el silencio sacan los temas de conversación más insólitos. Furzios y tartamudeos acompañan sus exposiciones y delatan la incomodidad que todos sufren, menos Joshua. Johanán no habla. Está inquieto porque quiere preguntarle a Joshua el por qué de todo esto, pero tiene temor y el temor le duele. Este dolor lo desilusiona porque él mismo es mejor al lado del maestro. Con Joshua quiere creer, pero este silencio le revive experiencias que pensó haber dejado atrás. Digo: "no decir", obedecer irreflexivamente como una forma de "fidelidad", aceptar la censura camuflada en "la verdad". Es una noche rara en tierra extraña... Más cansado de lo normal, Johanán se disponer a dormir recostado sobre trapos y pieles que lo libren de tener mayor contacto con aquel suelo.

Era necesario que estuvieran en Samaria. Joshua, como es su costumbre, se aparta del grupo para descansar. No hay estrellas ni luna que iluminen su entorno. Todo existe de forma más poderosa. A pesar de las calumnias que las religiones han levando contra ellas, Joshua disfruta a pleno la bendición de las tinieblas. Su primera sensación es la del temor. Luego, descansa en la vulnerabilidad. No sabe qué hay a su alrededor y por ello tampoco qué hacer. Entonces, decide entregarse y se acuesta en el suelo. Sin mantas ni mantos, siente el pasto terso que le es amigable. Mueve un poco sus brazos y luego los recoge sobre su cabeza haciéndolos de almohada. Mira la oscuridad y disfruta de la impotencia. Ruidos diversos vienen de desconocidos lugares y todos ellos parecen estar dirigidos a él. En ese silencio y esa accesibilidad se comprende tan solo como un ser humano, piensa en la grandeza de su Padre y la belleza de la creación, que por bella es también buena.


 
-Maestro --Sin abrir los ojos sabe quién es--. Puesto de pie, Joshua sugiere el camino y pero les pide a los doce que se adelanten a la ciudad a comprar algo de comer.
 
-Maestro, ¡tenemos para comer! --Le dice Jacob--
 
-Pero no es suficiente --Contesta Joshua mientras inicia su camino-- Encuéntrenme en Sicar al regreso.
 
Un silencio volvió a envolver a los doce. ¿Qué propuesta era esta? Ya no serían tan solo viajeros transitando una tierra impura, ahora, peor todavía, tendrían que recibir la hospitalidad ¡¡de los samaritanos!! Entrar en contacto con ellos, hacer acuerdos, comer alimentos provenientes de sus manos... su pan, su vino... ¿Cómo esperaba Joshua que los samaritanos recibieran a estos judíos? Quizás hasta tendrían que dar alguna explicación sobre su presencia en esas tierras... Al marcharse Joshua, atropellaron el espacio los comentarios:
 
-¿Qué es esto? --Explosivamente exclamó el ex cananista Shimón--
 
Todos los demás también explotaron al unísono en sus comentarios... Cefas arrojó al suelo su bolso en señal de desacuerdo con la solicitud de su maestro. Johanan se apartó del grupo por unos metros y se sentó a la sombra de un árbol aislado del resto. Por los labios de Judas pasaban mil conjuras de arrepentimiento por seguir a Joshua hasta ese lugar. De alguna manera, todos expresaban sus dudas y sus temores. ¿Sería que aquello que se decía de Joshua era verdad? ¿Sería un farsante? La lógica de Jesús no tenía lógica.
 
Los amigos tardaban. Sentado junto al pozo de Jacob, padre de los Samaritanos, Joshua ve que el sol empieza a ocultarse. Ha pasado la tarde y no ha podido beber nada. No tiene en qué contener algo de agua para beber. Sería inapropiado de su parte beber del recipiente que todos los demás usan para llenar sus recipientes. Contaminaría el agua para los demás. Entre la gente, ve acercarse a una mujer con cierta prisa. Shulamit lleva sobre su cabeza un jarrón vacío, seguramente para llenarlo de agua y llevarlo a su casa. Quizás sin pensarlo demasiado, quizás con toda la conciencia del mundo, cómo podemos saberlo, Joshua le pide:
 
-Mujer: ¿me da un poco de agua?
 
Cuando está a punto de dárselo, Shulamit advierte que aquel hombre no es samaritano, es judío. Entonces se detiene y suelta el comentario:
 
-¡Cómo se le ocurre pedirme esto? ¡No es más que un judío!
 
Joshua recordó el desprecio que los samaritanos sienten hacia los judíos...
 
Mientras tanto los doce han resuelto no ir a la ciudad. Sin acordar qué le dirán a Joshua, han emprendido camino a Sicar para encontrarse con él. Lo más valiente hubiera sido seguir paso a Galilea, pero no ha llegado a tanto su coraje. Hay muchas cosas en juego para no tomar esa decisión tan coherente. La opinión de sus familiares, por ejemplo. Todos, a excepción de uno, son casados y no son bien vistos por haber dejado en casa a sus esposas e hijos. Inclusive, podría ser que ellas prefirieran cargar con la vergüenza de ser mujeres abandonadas, antes que tener al lado a un esposo que ha perdido su honor por haberse involucrado con un falso Mesías. Aquello que mueve los pies de los amigos de Joshua no es precisamente la confianza, es la angustiosa necesidad de tener soluciones a todas sus intrigas.
 
-Si Usted supiera del amor de Dios y quién soy yo, Usted me solicitaría agua a mí; y la verdad, yo se la daría sin ninguna excusa un agua para que tenga una vida plena --le dijo Joshua--
 
Shulamit le contestó con un tono de voz más alto:
 
-¿Qué se cree Usted...? 
 
De repente advierte que está sosteniendo una conversación en público con un hombre desconocido. Pero su celo por Dios es mayor y desestima las miradas incriminatorias para defender su fe.
 
-Jacob es nuestro padre. De este pozo se alimentaron sus descendiente, los doce. O será que... ¿Se cree más importante que él? No tiene siquiera con qué sacar el agua... ¿Qué agua puede darme?
 
Las cartas estaban sobre la mesa. Shulamit muestra abiertamente su arraigo a su fe samaritana y su antipatía a la arrogancia de los judíos.
 
-Te das cuenta que no le va a gustar esto, ¿no?
 
-No me importa. No puedo contaminarme de esta manera... No estoy para este tipo de cosas. Espero que tenga una explicación o me vuelvo a la pesca --ya casi llegando a Sicar, conversaban Johanan y Cefas--
 
Joshua también observa que la situación se ha complicado. La mujer parece ofendida y si las cosas se ponen más tensas podría él mismo terminar siendo expulsado, o peor aún, agredido físicamente por la población. Pero las miradas de desagrado no son solamente hacia él, también hacia ella. Él admira su pasión, pero piensa que buena parte de su intrepidez responde a un corazón experimentado en el dolor. Aunque todo dolor no termina en sabiduría, el de ella parece haber superado la resignación por la fe valiente en el Dios de su padre Jacob.
 
-Ya le digo, cualquiera que beba de este pozo volverá a tener sed, pero si bebe del agua que yo le ofrezco será como tener una fuente de agua en su ser para gozar de una vida plena --le dice Joshua--
 
La mujer calla y lo mira. Esta segunda mención a la vida plena la ha silenciado. Ahora advierte que es una propuesta y Joshua la mira con ternura. Ella puede reconocer esa mirada de algún lugar. No recibe cariño desde hace mucho tiempo, pero sabe que existe. Sabe que hay amor en el mundo. Ese afecto que alguna vez recibió lo ha guardo en lo profundo de su ser a pesar de tantos años de sufrimiento. Por esa esperanza es que ahora reconoce esa mirada.
 
-Dame de esa agua para que puede seguir creyendo --Shulamit le dice a Joshua en tono bajo y titubeante--
 
-Trae a tu esposo para poder dártela
 
Ahora la desazón se apodera de Shulamit. No había acuerdos con mujeres. Ni siquiera en materia de fe. No debió haberse ilusionado, pensó. 
 
-¡No tengo esposo! --Le contestó enérgicamente mirándolo a los ojos--
 
-Es verdad, --le dice pausadamente Joshua-- pues tuviste cinco esposos, pero el hombre con el que vives no es tu esposo, ¿verdad?
 
Shulamit no entiende lo que sucede. Cómo es que conoce su historia. Es posible que su cuerpo cansado, que su mirada espaciada, le haya dicho a este hombre que ella es una mujer sufrida. ¿Pero conocer de su viudez y los abandonos?... ¿Cómo podría saber esto? ¿Quién se lo contaría? Nuevamente la postura de Jesús parece decirle algo más. Él no se acerca como quien la desprecia, sino como quien se preocupa por ella. No la culpa de los desprecios que sufrió en sus divorcios. Conoce su actual condición de sierva de un hombre que la explota como una esclava.
 
-Me parece que eres un profeta. Yo..., digo, nosotros... tenemos una tradición religiosa distinta a la judía. Para nosotros Dios se revelaba desde Gerizim, pero Ustedes dicen que lo hace en Jerusalén --comenta Shulamit --
 
-Mujer, no te lo voy a negar. Ustedes adoran lo que no saben, pero nosotros sí lo sabemos. La salvación surgirá del pueblo judío. Pero no es por los judíos, ni para los judíos por el mero hecho de serlo. Ha llegado el tiempo en que ni en Gerizim ni en Jerusalén, ni por ser judío o samaritano, ni por hombre, ni libre...
 
(la emoción enciende el rostro de Shulamit)
 
Camino a Sicar, Judá, no el tesorero, el otro, detiene su marcha y les pide a los demás que se detengan. No se anima a llegar a Joshua sin la comida. No se trata obviamente de dejar al maestro sin comida, sino de ir demasiado lejos con aquello de no mezclarse con los samaritanos y rebelarse al maestro. Claro que Joshua sabe que esto les molesta, pero ¿por qué pensar que la solicitud de Joshua es provocativa? Es decir, ¿por qué creer que les ha pedido esto para humillarlos o hacerles notar su autoridad? Nunca ha procedido así. Invitándolos a mirar hacia el oeste, a menos de 100 codos, se puede ver una pequeña aldea en la que podrían conseguir algo de comer.
 
-Siguen siendo samaritanos --aclara Leví--
 
-Claro, porque tú no tienes una historia, ¿verdad? --le replica Judá--
 
Ahora Leví lo mira fijamente dispuesto a iniciar una discusión. Cefas lo nota e interrumpe con una sugerencia.
 
-Elijamos a uno para que vaya y compre algo de comer
 
-Que vaya Judá  --dice Leví--
 
Resuelto a no encontrarse con Joshua sin algo que darle de comer, Judá prefiere contaminarse y se dirige hacia el pueblo con el dinero que el Iscariote le acaba de entregar.
 
-Dios es Espíritu, y los que le adoran, únicamente podrán adorarle desde un testimonio de vida consecuente con su Padre. No habrá lugar entre ellos para la discriminación ni el desprecio. No habrá herencias raciales ni de género, ni historias personales que los excluyan... Todo ser humano tendrá libertad para acercarse a Dios.
 
Ahora sonriendo, Shulamit quiere abrazar a Joshua pero no llega a tanto.
 
-Sabía que vendría un Mesías y nos compartiría todas estas cosas...
 
-Tú ya sabías mucho de esto, yo solo te estoy anunciando su realización...
 
Shulamit dejó el jarrón en el suelo y salió corriendo a la ciudad anunciando que había hallado al Mesías. En ese transcurrir se cruza con los doce que venían con algo de comida y les comenta lo que le había sucedido. Estos hombres se quedan sin palabras y observan que otros samaritanos se acercan y le prestan toda la atención. No es su vehemencia, sino su claridad para expresar su fe lo que convoca a tantos... Inclusive los doce le prestaban total atención. Al oír todo esto, muchos samaritanos de aquella ciudad se dirigieron a Sicar para encontrarse con Joshua. También fueron los doce. Cuando estaban por llegar se adelantaron a la multitud y le ofrecieron la comida que habían comprado. En especial Judá que esperaba quizás alguna mención especial por haber hecho el esfuerzo de comprar la comida él solo.
 
-No gracias. No tengo hambre --le respondió Joshua ante el ofrecimiento de la comida--
 
Pensaron que quizás ya había comido algo... no entendían bien lo que sucedía. ¡Tanto lío por comprar la comida para nada! ¿Por qué entonces les pidió que comprasen la comida si finalmente no iba a comerla?
 
Inmediatamente después llegan Shulamit y varios samaritanos que quieren oírle. Joshua acepta sus saludos y se sienta con ellos a compartirles el mensaje del reinado de Dios. Shulamit no cesaba de hacer intervenciones y de compartir sus apreciaciones que enriquecían las enseñanzas de Joshua. Los amigos, por su parte, tomaron asiento pero no se animaron del todo a recibir la hospitalidad de los samaritanos. Al menos no todos ellos. Entonces uno se acercó a Joshua y le compartió un pedazo de pan. El maestro le agradeció, bendijo el alimento y lo comenzó a comer sintiendo su cuerpo tener nueva vitalidad. Judá apretó la alforja con la comida, y mientras algunos de los doce seguían atónitos sin entender bien lo que sucedía, este amigo de Joshua abandonaba su muerte al comprender el por qué de la solicitud de Joshua.
 
Dos días enteros compartieron con los samaritanos. No fueron los buenos argumentos de Joshua, sino el encuentro de los cuerpos, de sus historias y sus esperanzas, por lo que los doce conocieron al Dios que es Espíritu. No fue en Jerusalén, ni con los rabinos de sus sinagogas, sino en medio de samaritanos que descubrieron la adoración a Dios desde una vida de inclusión. Cuando recibieron la hospitalidad samaritana se confrontaron a sus propias muertes. Supieron de su soberbia que los excluía de la vida y de su necesidad de amarse de otras maneras. El silencio de Joshua fue llenado en aquellos dos días. El silencio habló por medio de sonrisas, de mantas recibidas para protegerse del frío, de testimonios samaritanos de resurrecciones cotidianas. Es verdad, todos los doce no hicieron el mismo proceso, ni éste fue pleno en aquella precisa ocasión. Pero varios de ellos, como lo había hecho Shulamit y otros samaritanos, se sirvieron del agua que al beberla los llevó a comprender al Dios que es Espíritu y que resucita de las muertes.


Juan José Barreda es peruano, pastor de la Iglesia Evangélica Bautista de Constitución en Buenos Aires (iglesia miembro de la Red del Camino). Tras hacer una Maestría en el Seminario Internacional Teológico Bautista de Buenos Aires, hizo su doctorado en el campo de Biblia en el Instituto Universitario ISEDET. Actualmente es Secretario de Publicaciones de la Fraternidad Teológica Latinoamericana y Coordinador de Bíblica Virtual.





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Marcos 1, entre los versículos 34 y 35

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Dr. Juan José Barreda Toscano
Director de Bíblica Virtual (BV)


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Cursillo: "Reflexiones en torno al aborto"


"Reflexiones en torno al aborto" es nuestro próximo cursillo de 6 semanas. El mismo será ofrecido de forma gratuita, tandrá cupo limitado y requerirá un compromiso de participación activa y abierta por parte del estudiante. Los interesados e interesadas escribir a biblicavirtual@gmail.com con el asunto "inscripción a reflexiones sobre el aborto". Al ser el cupo limitado no podremos aceptar a todos los solicitantes. Les estaremos respondiendo afirmativamente unos días antes del comienzo del cursillo.

Diplomado en Consejería a personas divorciadas

Bíblica Virtual, a través del Instituto de Consejería Especializada de Lima, ha recibido el auspicio de la "Universidad Inca Garcilaso de la Vega" del Perú para ofrecer un Diplomado en Consejería a personas divorciadas.
Este acuerdo institucional permite a Bíblica Virtual ofrecer este Diplomado con reconocimiento universitario que tiene 1 año de duracion. Este Diplomado permitirá la capacitación de miembros de iglesias cristianas que sirvan en la consejería y el acompañamiento a quienes atraviesan por el divorcio. En muchas maneras quienes estamos en los ministerios relacionados a la consejería sentimos que no tenemos toda la capacitación para acompañar bíblica y pastoralmente a nuestros hermanos y hermanas en la fe que atraviesan por esta circunstancia. Quizás por las enseñanzas bíblicas que hemos recibido al respecto o por tratarse de situaciones realmente complejas.
El Diplomado incorpora cursos de consejería, un detenido análisis de los textos bíblicos que aluden al tema, historia de la familia, perspectivas de acompañamiento eclesial, el análisis de tabúes respecto al divorcio, entre otros.
Para quienes deseen tener más información sobre el programa de estudios, la duración de los cursos y los costos escriban a biblicavirtual@gmail.com con el Asunto: Diplomado.
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Los oprimidos poseerán la tierra

(Recontextualización de un tema bíblico)

José Severino Croatto

¿Es relevante el tema de la tierra hoy? ¿Por qué la bienaventuranza de Mt 5,4 (“bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”) no tiene ninguna resonancia económica en nuestros oídos? A decir verdad, no es perceptible la relación entre las dos partes de la proposición, ni se aclara cómo se realizará la promesa. En el nivel epistemológico del lenguaje religioso, en efecto, no corresponde tal aclaración; menos aún, cuando el horizonte cosmovisional es apocalíptico.

Sentimos que, desde nuestra situación latinoamericana la proclama de Jesús trasmitida por Mt puede ser recuperada en su plenitud de sentido. Creo que para ello hemos de ir más allá, para entenderla exegéticamente, y venir más acá, para comprenderla hermenéuticamente.

1. La tierra en las tradiciones israelitas

a. Tierra y política: el éxodo. El acontecimiento del éxodo es expresado como un ‘sacar’ (de Egipto, de la esclavitud) o como un ‘hacer subir’ (a la tierra de la promesa). Yavé no libera a los hebreos para abandonarlos en el desierto; los saca del poder opresor para conducirlos a un suelo donde puedan realizar la libertad adquirida. Las dos puntas del acontecimiento son pre-sentadas en un contexto político de juego de poderes y de proyecto histórico como pueblo. Tan epicéntrico es el tema de la tierra, que cristaliza como núcleo querigmático de los ‘credos” (Deut 6,23; 26,9; Jos. 24,8.13; Neh 9,15.23s, con una repercusión hasta en el panorama salvífico de Hechos 13,19), de la promesa (Gen 12,1ss y sus prolongaciones), de los relatos de vocación de Moisés (Ex 3,8.11; 6,4.8) y de la tematización deuteronómica de la fidelidad a Yavé. No hace falta insistir más sobre esto.

b. Tierra y economía: la antropología. La tradición ‘yavista’ del Génesis comienza hablando de la tierra, vacía y desértica porque falta el hombre para planificarla y hacerla fecunda me-diante la irrigación. A la luz de los textos mesopotamios hay en esta antropovisión una clara referencia a los económico. Por el trabajo de la tierra mediante la explotación del agua por canales y otros medios, los reyes procuran al país bienestar y progreso en nombre del dios tutelar de cada ciudad. La tierra es un bien esencial. De la estructura literaria del Pentateuco se colige algo más: Génesis 2 debe leerse después, y a la luz del capítulo 1 que había presentado al hombre a la imagen del Dios creador y por tanto, creador él mismo. Para ser creador, necesita ser libre. Eso vale para todo hombre, no sólo para el rey. Como si la tradición bíblica quisiera criticar por elevación la actitud de los reyes de disponer de la tierra para sus intereses o para privilegiar a sus adictos y servidores. Como en todos los tiempos: dominación económica en base a la explotación del hombre y de la tierra. El texto del Génesis señala a su vez que el pecado ‘manifiesta’ la resistencia de la tierra al trabajo del hombre y que el castigo (el exilio del hombre fuera de su suelo originario) ya introduce el motivo de la tierra en el centro de la existencia humana. Es un texto—puente entre el Éxodo y los profetas (desde el punto de vista hermenéutico, el Génesis debe leerse después del Éxodo).

c. Tierra y justicia: los profetas. Estos no son depositarios o garantes de tradiciones, sino sus críticos, los que las reinterpretan. La perspectiva dominante en la predicación profética es la del exilio. Ahora bien, el exilio es el contra—éxodo (los hebreos quedan sin la tierra, y vuelven a ser esclavos del extraño) y, en una primera impresión, se suspenden todas las promesas. El, exilio, como despojo de la tierra, no es sólo la pena por la infidelidad en general, sino también el castigo por el abuso de la tierra, sobre todo desde el advenimiento de la monarquía, o sea, de un poder centralizado y fuente de privilegios. Allí están los casos de Nabot (1 Re 21) y tantas referencias proféticas a la expropiación (Miq 2,1-5), a la acumulación de tierras (Is 5,8-10; “¡Ay, los que juntáis casa con casa, y campo a campo anexionáis, hasta ocupar todo el sitio y quedaros solos en medio del país! “, v. 8). Es una de las tantas caras de la injusticia social.

En las confesiones nacionales de los pecados también se reflexiona sobre el exilio o la dominación extranjera en el propio país (ver Neh 9,35-37; “Míranos hoy a nosotros esclavos, y en el país que habías dado a nuestros padres para gozar de sus frutos y bienes..., sus frutos son para los reyes...”, v. 37). De hecho, el designio de Dios sobrepasa el castigo: las promesas se retoman, tras la conversión, sólo que en una nueva perspectiva. Yavé quiere, según los profetas, restaurar a Israel como pueblo en su tierra (Ez 34,11ss; 37,21; 45,1ss; Is 60,21, etc).

2. La tierra en el Nuevo Testamento

¿No nos hemos asombrado, después de recorrer el AT, de que en el NT el tema de la tierra esté como. ‘sumergido’? ¿Por qué hay apenas una mención, en Mt 5,4, entre las bienaventuranzas sin ser la principal?

Pero tal vez las cosas no son así. Tratemos de descubrir lo latente.

a) La única mención de la tierra se hace en las bienaventuranzas, que en Mt constituyen el comienzo (lo principal) del discurso inaugural, programático por tanto, de Jesús, quien habla como un nuevo Moisés, superior al primero. Por tanto, es más bien significativa esa referencia a la tierra, por el lugar estructural en que está. Pero queda el problema del sentido de .la frase atribuida a Jesús por Mt.

b) Muchos exégetas piensan que esta segunda bienaventuranza es, en realidad, un desdoblamiento de la primera (Mt 5,3: “Bienaventurados los pobres...”). En efecto, la cita del Salmo 37,11 en Mt 5,4 hace referencia a los ’anawim (ptojoi en los LXX), a los pobres, a quienes alude la primera bienaventuranza (Mt 5,3).Tendríamos de tal manera el esquema siguiente:

mansos = ‘anawim

tierra = reino de los cielos

Una lectura cruzada hace que el sentido de los términos se pase de una bienaventuranza a la otra: los ‘anawim poseerán la tierra, los mansos tendrán el reino de los cielos. Por eso el título de este ensayo. A los pobres y oprimidos no se los alimenta con esperanzas espiritualistas y ultraterrenas, como acostumbró hacerlo una predicación mal fundada en Mt 5,3.

c) En efecto, en el contexto político-religioso de Jesús los judíos guardaban la esperanza, alimentada espiritualmente, de ser un pueblo libre. ‘Poseer la tierra’ debía sonar a algo concreto y debía ‘suscitar’ toda aquella experiencia de Israel relatada en el AT. Recuérdese el texto citado de Neh 9,36-37, que se aplicaba exactamente a la dominación romana de la época de Jesús. Dicha esperanza es puesta de relieve por la literatura apocalíptica de entonces. Cristo retoma esa expectativa y la concentra en los “anawim, símbolo de los marginados, y oprimidos.

d) Pero ¿qué sucede con el resto del NT? Parece hablar en niveles más universalistas y menos referidos al orden socio-histórico: fe en Cristo, redención del pecado, liberación de la ley, resurrección, reunión con Cristo en la parusía, etc. No concreta el tema de la tierra en la elaboración teológica. Es verdad que había que sobrepasar el horizonte nacionalista judío para incorporar a los paganos en la promesa. Con todo, estos también eran pueblos oprimidos, en su mayoría, agobiados por los tributos que debían pagar a los romanos; y éstos mismos, en gran parte esclavos de unos pocos amos. ¿En qué quedaba entonces el reino y la tierra prometidos a los oprimidos? ¿No se desdibujó el programa de Jesús, por una excesiva espiritualización? Véase la alegorización del tema de la tierra por el autor de Hebreos 11,8-10.
Tiene lugar algo así como una ‘reducción de sentido’ de una larga tradición querigmática que procedía de la experiencia liberadora del éxodo. ¿Qué hacer?

3. Una lectura hermenéutica

En la tradición cristiana, continuando una tendencia que acabamos de ver en el mismo NT, el ‘poseer la tierra’ de Mt 5,4 no tiene relieve, destacándose sólo el primer hemistiquio: “bienaventurados los mansos”. Y este vocablo se toma tal como suena a nuestros oídos. Pero sucede que el problema de la tierra es acuciante para nosotros. Habría que tomar nueva conciencia de lo que significa el despojo de la tierra, desde la conquista hasta hoy, el exilio forzado de los autóctonos, o la dominación padecida en la propia tierra, la degeneración de ésta por la técnica desmedida e incontrolada, el abandono de su país por tanta gente enfrentada con el terror y la violación de los derechos humanos. ¿Nada tendrá el NT para decir?

El mensaje de Jesús a los oprimidos (Mt 5,3-4) reflota el querigma del AT (Dios no acepta ninguna dominación y ofrece la liberación; la tierra es un bien para el hombre, quien debe trabajarla para que produzca sanamente; Dios enjuicia por sus profetas el abuso del poder en el despojo de la tierra de otros). Esto, que parecía ‘sumergido’, no es desechado, sino que es lo fundante de la lectura del NT y de nuestra relectura. La tierra debe entrar en una perspectiva de liberación que, por supuesto, ha de integrar la dimensión social y política.

El NT no es la Palabra que suprime el querigma del AT, ni la que lo interpreta como última lectura (es un error teológico, si bien. practicado frecuentemente), sino que es la Palabra que nos da la óptica para leer el AT, en nuestro caso, todo lo que dice sobre la tierra. Pero esta lectura se hace desde nosotros, desde una situación que pone súbitamente en relieve las posibilidades hermenéuticas de Mt 5,3-4.

Por tanto: el querigma (central en el AT) de la tierra como don u objeto del trabajo del hombre, es reforzado por el anuncio de Jesús, quien promete la tierra, expresión del reino, a los ‘anawim a los humildes (y no ‘mansos’).

¿Por qué no se toma en serio esta palabra de Jesús, y se la espiritualiza tanto? ¿Es por una excesiva apocaliptización del cristianismo? Se diluye un mensaje de contenido histórico que tanto necesitamos en nuestra situación latinoamericana.

José Severino Croatto obtuvo una Licenciatura en Teología en la Facultad Pontificia Católica en 1954. Más tarde obtuvo una Licenciatura en Ciencias Bíblicas con especialización en lenguas semíticas y arqueología del Antiguo Próximo Oriente (1957). Fue profesor de Antiguo Testamento, Hebreo y Fenomenología de la Religión en el Instituto Universitario ISEDET. Es autor de muchos libros en su especialidad y un referente de la exégesis y hermenéutica bíblica latinoamericana. Falleció en el año 2004.


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Mujeres sin hombres:

Cuando el que debería estar no estaba,
y el que no debería estar. . .
hasta obstáculo era

Por Edesio Sánchez Cetina

Doblegada por los problemas (1 Reyes 4:1-7)

2 Reyes 4:1-7 forma parte del ciclo del profeta Eliseo y es uno de los pasajes que presenta la secuencia problema / solución. El personaje central es una viuda que se encuentra en la disyuntiva de morir junto con sus hijos por haber quedado desamparada a la muerte del esposo, uno del grupo de profetas, o de dejar que se lleven a los hijos como esclavos, debido a las deudas que dejó el difunto.

Eliseo el profeta aparece en escena porque la viuda clamó ("grito de auxilio" según el primer sentido de la palabra hebrea) pidiéndole ayuda al profeta. Llama la atención que los dos primeros versículos de esta unidad están marcados con la palabra siervo/a; así se manifiesta la actitud de sumisión total que toma la mujer y su familia, incluyendo al muerto.

El cuadro que pintan los dos primeros versículos es el de total necesidad: el esposo ha muerto, el acreedor está a la puerta, los hijos peligran de convertirse en esclavos, en la casa no hay ninguna cosa (v. 2, RVR). No hay otra manera de describir la situación de esta mujer que de total vulnerabilidad y emergencia. Esta situación la lleva a una actitud ante el profeta de total sumisión y obediencia. Su vida depende de él, no tiene otra alternativa.

Después de los dos primeros versículos que pintan el cuadro del problema, los siguientes dos versículos (3-4) presentan la solución al problema: "Ve y pide para ti vasijas prestadas de todos tus vecinos, vasijas vacías, no pocas...". La solución que Eliseo plantea toma en cuenta las "posibilidades" de la viuda por más exiguas que fueran. En el versículo 2 ella le había informado al profeta que lo único que le quedaba en casa era una vasija de aceite. El milagro consiste en convertir esa humilde porción en plenitud no solo para la sobrevivencia sino para la vida total. Porque con el aceite que se juntará en las muchas vasijas, la viuda pagará las deudas, evitará que sus hijos sean tomados como esclavos y podrá vivir con el producto de las ventas.

Para que la solución sea realidad la viuda solo tenía que hacer una cosa: confiar en la palabra del profeta y cumplir con la orden. Y eso fue exactamente lo que hizo (vv. 5-6). El aceite cesó en el momento cuando ya no hubo más vasijas que llenar. La sección intermedia (vv. 2-6) se mueve de la escacés a la plenitud: empieza con un poco de aceite y termina con una enorme cantidad de aceite. Los versículos que están al principio y al final de unidad, y que sirven como su marco, se mueven del clamor debido a la necesidad (v. 1: "la mujer... clamó a Eliseo...") a la información del logro alcanzado (v. 7: "Vino ella y le contó al varón de Dios"), de la muerte a la vida.

En este pasaje impera más el milagro que la palabra divina en boca del profeta. Eliseo no siente la necesidad de apelar explícitamente a Dios; sabe que cuenta con el poder espiritual de Dios, pasado a través de su maestro Elías, y no demanda nada nuevo, sino que actúa con lo que tiene.


Los problemas no la doblegan (1 Reyes 4:8-37)

2 Reyes 4:8-37 también pertenece al ciclo del profeta Eliseo y pertenece a los pasajes que presentan la secuencia problema / solución. El personaje central es una mujer rica y poderosa (guedolah = "grande", o como dice RVR: "importante") que, al parecer, lo tiene todo. Los verbos y las palabras que aparecen en el pasaje para calificarla señalan que es una mujer de armas tomar. No solo tiene dinero e influencia en el pueblo (vv. 8 y 13), sino que sabe hablar bien (v. 16) y cómo hacerlo ante un profeta (v. 28); sabe, además, cuando callar (vv. 23 y 26) y cuando actuar de manera apropiada (vv. 15, 27, 37); muestra un profundo amor maternal y actúa de manera correcta en los momentos de crisis (v. 20); sabe lo que quiere y lo lleva a cabo; en la crisis no pierde la cabeza y sabe bien cuándo dirigirse al subordinado (Giezi) y cuándo al jefe (el profeta [v. 21]).

La mujer de Sunem (por eso se le conoce como la sunamita) sí tiene marido; pero por la descripción que el pasaje da de él, al parecer es un "don nadie". Es en realidad el presente ausente, la "piedra en el camino": está viejo (v. 14); ante la enfermedad del hijo le "arroja" la responsabilidad a la esposa, pues ni siquiera es capaz de transportar al niño enfermo (vv. 19-20); como que el viejo vive en otro mundo, pues se olvida de la emergencia hogareña y lanza una pregunta fuera de lugar (v. 23).

Giezi aperece en la escena como ayudante de Eliseo; además de esa función, el relato lo muestra como carácter cuya función es acentuar la "distancia" física entre la sunamita y el profeta antes del clímax de la historia. Además, el papel de Giezi como servidor resalta la figura del profeta (véase vv. 29 y 31).

Eliseo, por su parte, es con la sunamita carácter clave del relato. Aparece en tres funciones concretas: receptor de servicio y apoyo (vv. 8-11); ofrece, como agradecimiento del servicio, ayuda a la mujer en su necesidad (vv. 12-17); lleva a la historia a su feliz desenlace (vv. 33-37). Los versículos 8-11 presentan a Eliseo como profeta itinerante: "pasaba por allí. . . venía".

En el desarrollo de la historia, es notorio ver el movimiento que se da en la relación de la sunamita con el profeta: de una relación impersonal (vv. 8-11), a una comunicación a través del ayudante (vv. 12-14), a pararse en el umbral de la puerta y hablar con el profeta (vv. 15-16), a asirse de los pies del profeta (v. 27), a entrar al aposento del profeta e inclinarse ante él (v. 37).

La primera parte del relato queda marcado por la apareción de la palabra día tres veces: el primer día (v. 8) señala el encuentro de la sunamita con el profeta; el segundo día (v. 11) abre la sección que corre hasta el versículo 17, y tiene que ver con la promesa del profeta y el nacimiento del niño; el tercer día (v. 18) muestra el cambio drástico entre lo preliminar y parte central del relato.

A diferencia de la viuda de 2 Reyes 4:1-7, la sunamita en lugar de clamar y pedir, ofrece; aún más, su necesidad (la falta de un hijo) no la revela ella sino Giezi. Ella no pide un hijo, se lo ofrecen. Nunca aparece en situación de vulnerabilidad; ella siempre está en control y pesa las diferentes posibilidades; no está sujeta a la emergencia y la escasez. Ante la muerte de su hijo, actuó midiendo cada situación y siempre un paso adelante de lo que sucedería después. Ella bien sabía que quien había prometido el niño, también sería quien se lo traería de nuevo a la vida. Por ello, cuando el esposo y Giezi se interpusieron en su camino, ella les respondió de manera escueta e hizo a un lado a quien interfería en su "propósito" (vv. 23, 26, 29-30), y con el rostro siempre dirigido a su "meta": encontrar al profeta lo más pronto posible.

El viaje de Sunem hasta el monte Carmelo, donde estaba Eliseo, es de unos 40 kilómetros. Es decir, la sunamita viajó 80 kilómetros en un día para llevar al profeta hasta su casa, y así poder salvar a su hijo. La resucitación del muchacho es muy similar a la que Elías había hecho con otro joven (1 R 17:21-23): Eliseo se tendió sobre el muchacho cubriendo cada parte del cuerpo con la parte correspondiente de su propio cuerpo. El punto final del milagro se marca con la expresión "el niño estornudó siete vecese, y abrió los ojos" (4:35); es decir la restauración del hijo de la sunamita a la vida fue completa y perfecta. En la intervención corporal del profeta y su contacto total con el cuerpo del niño se muestra también un movimiento climáctico. Ya la madre había tenido contacto corporal con su hijo (4:20), pero no había resultado nada. Se necesitaba la intervención del profeta para darle al niño la vida que no tenía. Dos veces el profeta es instrumento divno para traer vida en la vida de la Sunamita.

En este milagro, a diferencia del anterior (4:1-7), el profeta sí le pide a Dios su intervención (v. 33); pero aún así el acto impera sobre la palabra. De esta manera se muestra a Eliseo respondiendo a cada situación de manera concreta y especial. No sigue un patrón preestablecido. Cada persona, cada situación requiere de una acción especial.

La lección que nos trae esta mujer, además de los elementos ya señalados sobre ella, es su fe que "mueve montañas". Pero una fe muy activa, pues no espera la guía externa, sino que ella misma dirige el sendero hacia la fuente de la salvación. Qué lección más grande para aprender a manejar mejor el tan difícil asunto de la voluntad de Dios y la acción divina en la vida de sus hijos. Aquí, si traemos a colación el refrán a Dios rogando y con el mazo dando, la fe se inclina más hacia la acción que hacia el ruego. Así, la sunamita nos da otra lección sobre la oración: orar no es tan solo pedir, es sobre todo actuar con fe.

La lección que nos dan las dos mujeres frente a la necesidad demuestra que no hay fórmulas rígidas ni que puedan aplicarse de la misma manera en cada situación. La una clama y depende de manera total del profeta para poder sobrevivir; "baila" al son que le toca el profeta. La otra toma decisiones y empuja al profeta para hacer lo que ella sabe que necesita; el profeta se ve obligado a "bailar" al son que la sunamita le toca.

Edesio Sánchez es mexicano, pastor de la Iglesia Presbiteriana y Doctor en Teología (PhD) con especialidad en el campo de Biblia por el Union Theological Seminary. Es traductor de las Sociedades Bíblica Unidas y ha participado en la traducción de las más conocidas versiones de la Biblia. Actualmente es profesor en la Universidad Bíblica Latinoamerica en San José de Costa Rica, y Secretario Regional para Centro América y el Caribe de la FTL.

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"Os ha nacido hoy... una niña"

(sobre Lc 2:11-12)

Juan José Barreda Toscano

La hora del parto ha llegado. Lo sabe Miriam que siente el vientre como una piedra, las punzadas en su espalda la matan de dolor. Es pequeña, apenas ha aprendido a convivir con los inconvenientes del período de las mujeres y ahora esto del parto. La joven no se atreve a mirar a su marido porque no quiere incomodarlo, pero aun el pudor no es suficiente para evitar algunos gemidos de dolor. José la mira preocupado pero sin mutar. Ya conoce esa situación y no es que le falten ganas de ayudarla, es que cree que dichos dolores tienen un origen divino que no debe impedir.

-¿Te parece que ha llegado el momento? Le pregunta José.

-¡¡Me duele mucho!! -Le grita Miriam-

El tono de voz le molesta a José que no acostumbra permitir a su mujer hablarle de esta manera. Pero no le dice nada porque advierte que en situaciones de semejante dolor no hay precepto divino ni siglos de sumisión suficientes que ayuden a guardar la cordura. Con la preocupación de alguien que espera un hijo varón, piensa también en la salud de Miriam a quien empieza a amar. Entonces le pide a su hija que la acompañe por unos momentos porque irá en busca de una partera que ayude a Miriam.

Como hombre justo no debe tener contacto con una mujer en condiciones de tal impureza, ciertos fluidos han comenzado a salir del interior de Miriam. Por orden de su padre, Salomé acompaña a Miriam en la pequeña cueva donde todavía pueden sentirse los olores de los animales que la habitan usualmente. Pero ambas jóvenes, casi de la misma edad, están familiarizadas con tales aromas. Como muchas otras jovencitas -o debiera decir "niñas"-, tienen como responsabilidades de cuidar algún pequeño rebaño o el par de ovejas que posee la familia.

Miriam, ahora a solas con Salomé, se anima a expresar su dolor con gemidos más fuertes. No han tenido tiempo para conocerse, pero Salomé tiene un gesto de cariño y le pone a Miriam un paño de agua en la frente, la sostiene de la mano y Miriam la aprieta con la llegada de una nueva contracción. Un breve alivio le permite a Miriam mencionar el nombre de Adonai a quien pide ayuda para cumplir con el deber de traer a este bebé al mundo. Anhela en su corazón honrar a su esposo y con ello lograr el respeto de toda la familia de José como una mujer bendecida. Salomé sabe de esto, y a través de Miriam espera que pronto le llegue la hora de ser sometida al matrimonio y procrear hijos.

Jacobo, el hijo mayor de José, acompaña a su padre porque no quiere oír los gemidos de Miriam. José, el hermano menor, que tiene el mismo nombre que su padre, se distancia de la cueva porque no cree apropiado estar cerca a la mujer de su padre en tales condiciones. Todavía es difícil para ellos incorporar en la familia a una joven de su misma edad como esposa de su padre. Si bien es cierto no esperan mucho de ella, todavía es la esposa de su padre; y muy posiblemente la presencia de su hijo, su nuevo hermano, apresurará las decisiones de los hijos mayores a adquirir una mujer como esposa porque todo será más complicado en adelante.

José busca al mesonero al que antes pidió ayuda. Esta vez espera encontrar una mejor respuesta de su parte. En sueños un ángel le dijo que siga con Miriam porque su embarazo era fruto del obrar del Espíritu Santo y que la criatura que esperaba salvaría al pueblo de sus pecados. Ahora, llegado el momento del parto, José recuerda esta visión y desea que Dios lo ayude a encontrar una partera, tanto por Miriam como para evitarle darle la carga a su pequeña hija de cargar con la tarea del parto a riesgo de perder a su hijo. En otras circunstancias la ayuda en el parto la hubiera realizado una madre mayor de la familia; pero ellos están lejos, y no se conocen aún con los familiares lejanos que tiene en Belén. José y su familia son forasteros de Galilea, y dicha procedencia no es de las mejor catalogadas en el sur.

El mesonero vuelve a atender a José. Hasta ahí llega su cortesía, no tiene mayor interés en ayudarlo en resolver un problema de mujeres. Con todo, su esposa interviene en la charla y se ofrece a ayudarlos sin que su esposo haya dado siquiera autorización para que hable. Quizás -piensa José- es Dios quien moviliza tal intrepidez, y aunque debería de sentirse ofendido él mismo por tal acción indecorosa, prefiere ver la gracia divina detrás de la misma. José permanece sin quitarle la mirada al mesonero ignorando la propuesta de la esposa, pero el mesonero acepta y se retira. La mujer toma algunos jarrones y cuando piensa dirigirse a llenarlos de agua, José tiene la cortesía de ordenarle a Jacobo que lo haga. Entonces la señora va en busca de unos ungüentos y unas mantas que ayuden en el trabajo de parto y cuiden del bebé.

Esta mujer ya ha visto antes a toda la familia y supone que no tendrán mucho para los cuidados de Miriam. No se trata de cualquier tarea la que viene, en el regazo de esta mujer, en pleno parto, han quedado dormidas para no despertar más jovencitas de las que podemos imaginar. Las cosas son así, el nacimiento de más de un hijo significó la vida de su propia madre. Por cierto, el nombre de esta mujer es Raquel.

Miriam está tirada sobre unas esteras de palmas cubiertas con piel de oveja negra. Siente su visión oscurecerse, quizás por el dolor, quizás porque a través de una diminuta abertura ve desvanecerse, como fatigada, la luz del sol. Apenas higienizada, el frío comienza a hacerse presente pero la anima el hecho de ser madre, porque según lo cree, será una mujer completa al darle un descendiente varón a su esposo, el primogénito para ella. Salomé observa detenidamente toda esta escena y sabe que en pocos años estará pasando por lo mismo, le pide a Dios que le conceda también tener un varón.

Aunque se habló muy poco del tema -porque así debe de ser cuando se trata de una epifanía-, la familia tiene grandes expectativas del varoncito que el ángel anunció. Como todo hombre, piensa Salomé, al crecer será un hombre fuerte y honorable. Miriam lo imagina determinado en sus decisiones y capaz de liderar al pueblo. Y es que Dios los ha creado así -piensan para sí-, y es por ello que vendrá la salvación de los hombres.

Como corresponde, José acompaña a la esposa del mesonero hasta unos metros antes de la cueva y deja que las mujeres atiendan sus asuntos. Jacobo ha tenido que llegar más cerca por los jarrones de agua. El lugar estaba ya oscuro y el pesebre aún más. Entonces se ofrece a encender las lámparas pero la esposa del mesonero le dirige una mirada que le muestra lo inapropiado de su presencia en el lugar. Salomé se ofrece a hacerlo y Jacobo sale del lugar agradeciendo a Dios por ser hombre. José escucha los gritos de dolor de Miriam, y le viene a la mente el cometido del hijo que viene: "salvará al pueblo de sus pecados". "¿Cómo será esto?" -piensa José- Toda vinculación con su ascendencia davídica es tan ambigua que casi ni la recuerda. No le ha valido de nada a ninguno de sus ancestros conocidos. "No soy más que un carpintero sin ninguna experiencia militar, ¿cómo será mi hijo un salvador? Ni siquiera he podido darle a mi hijo un lugar digno para su nacimiento..."

Otro grito le advierte que el trabajo de parto ha empezado. José ya ha tenido cuatro hijos, dos varones y dos mujeres. En el último parto la madre de sus hijos murió. Fue un profundo dolor para él, pero lo aceptó como lo hace un fiel israelita, porque en las manos de Dios está la vida y la muerte. Estos pensamientos silencian por un momento el oído externo de José y lo trasportan a lugares que no visitaba hacía mucho. Pero nuevos gemidos conducen su mirada hacia aquella cueva en la que se encuentra Miriam pariendo su hijo. Los gritos son cada vez más fuertes por lo que advierte que el bebé está por salir.

Dentro de la cueva Miriam está en cuclillas y es sostenida por Salomé que debe de hacer un gran esfuerzo para seguir sosteniéndola. Atrás van quedando para ella los juegos en el campo, las risas desprejuiciadas y otras libertades de la infancia, la permisividad de sus hermanos y los privilegios de su padre por ser la mujer de la casa. Ese parto está cambiando la visión del mundo de Salomé pues ahora sabe que en muchas manera su vida como mujer será cuestión de no dejarse morir.

Raquel ora a Adonai entregándole esta nueva vida y le pide también por la vida de Miriam. Por alguna razón Raquel pareciera saber que la criatura que está por nacer será especial. Miriam sigue pujando, Salomé sigue tomándola por la espalda rodeando el pecho de la mujer de su padre con sus brazos, la sostiene tan fuertemente que se siente una con Miriam:

-¡Sigue mujer que viene! ¡sigue! -Le dice Raquel-

Miriam apenas si puede oír la voz de esta mujer frente a ella de la que ni siquiera conoce el nombre. Se ha encomendado a ella por obediencia a su marido, y no soporta más los dolores. En su oración, la joven parturienta le había dicho al ángel que Adonai podía hacer con ella lo que quisiera. Las cosas se habían dado de tal manera que todo su espíritu de entrega estaba a prueba. Por su parte, la oración de Raquel se convirtió en una melodía cual ángeles dándole la gloria al Señor. Interrumpe y le guita:

-¡Empuja! ¡Empuja!

Un ardor en su parte íntima señala a Miriam que la cabeza de la criatura empezó a salir. Las mantas apenas alcanzan para limpiar los fluidos que caen. Nuevamente Miriam oye que le gritan:

-¡Empuja! Empuja!

José oye el grito y entiende que el parto está avanzado, pero no se acerca. Se aferra al suelo y queda allí sentado mirando al cielo. Las estrellas han surgido y se enseñorean de la noche. José conoce la situación de espera, ¿acaso debía de ser distinta esta vez? Si pensó que sería diferente, ahora ya sabe que no lo es. El largo viaje, la pobreza, el pesebre, la situación de injusticia, la ausencia de la familia, todo lo sorprende porque no pensó que viviría este momento con tantas adversidades. Su hijo José, a unos metros más allá, sigue sentado al lado de su hermana Lisia. El padre les ordena ir a buscar más agua, no porque la necesiten sino porque los quiere lejos de la escena. En eso Jacobo se acerca y le advierte que no se oyen más gritos. Pero tampoco escuchan el llanto del bebé. José guarda silencio absoluto y sólo escucha sus propios latidos que se intensifican. Entonces viene el llanto esperado. Es débil inicialmente y luego más fuerte. José abraza a Jacob que necesita saber que seguirá existiendo esa relación especial entre ambos. Juntos se acercan a la entrada del pesebre esperando que las mujeres limpien el lugar y que preparen al niño para mostrárselo al padre. Pero tardan, tardan más de lo esperado y vienen al corazón de José viejos fantasmas. Entonces se asoma Salomé y le dice a su padre que ambas están bien... Él la nota rara.

A su entrada, José puede ver a Miriam tendida sobre la estera. Raquel está sentada a los pies de la nueva madre y los acaricia queriendo calmar su dolor. Las iluminación es pobre, José no ve a la criatura sino hasta avanzar y pararse al lado de su esposa. La bella criatura está al lado de su madre enrollada en mantos livianos. Raquel decide salir de la escena, lo hace terminándose de llevar las últimas mantas usadas en el parto, y curiosamente lleva consigo una de las lámparas encendidas -quien sabe si lo ha advertido, pero deja el lugar aún más a oscuras-

Miriam acaricia a la criatura con ternura sin dirigirle la mirada a José. Éste lo atribuye a su piadosa vergüenza en vista a su condición de impureza. Después de unos segundos José se agacha y alza a la criatura. Miriam quiere decirle algo pero no lo hace. José le pide que descanse, pero no es cansancio lo que la traba, luego eleva una oración a Adonai dándole gracias por tener un varón y que este sea quien traiga la salvación a su pueblo. La honra que este bebé trae a su familia es tan grande que no le cabe en todo el recuento de su vida que parece transitar minuciosamente en unos pocos segundos. Se pone en cuclillas frente a Miriam y cuando se dispone a dejar a su hijo a su lado, ella le dice:

-No es un varón, es mujer.

José no le presta atención, y pone a la criatura al lado de su madre. Entonces Miriam mirando a su bebé le vuelve a decir tímidamente:

-No es un varón, es mujer.

José fija su mirada en Miriam queriendo entender por qué le dice tal cosa. Qué la lleva a decirle eso siendo que acaba de ver al bebé... Miriam le vuelve a decir:

-Mi señor: No es un niño, es una niña.

Esta vez José entiende pero no comprende. No es la oscuridad porque esta no hace estos juegos. Quizás por el cansancio Miriam ha confundido las palabras. José tiene dos hijas a las que cría como corresponde; pero este debería de ser un niño según le dijo el ángel en sueños. No puede ocultar su decepción. Miriam permanece con los ojos fijos en su niña y la acaricia como queriendo compensar algún tipo de rechazo.

Impertinentemente, afuera, los chicos alzan la voz para indicarle a José que Raquel se va, entonces éste decide dejarle la criatura a Miriam. No constata que se trate de una niña. No quiere hacerlo porque hay algo de ira en su corazón. Entonces se acerca a la salida y llama a Salomé para que entre a hacer compañía a Miriam, pero Salomé no está afuera. Ella ha estado todo el tiempo a un lado y él no lo había notado. Entre las penumbras José advierte tal situación y lo incomoda. Al querer dirigirse a su hija observa una mirada de tristeza, acaso, por testimoniar la decepción con la con la que su padre debió recibirla al nacer...

José sale. Sus hijos no le preguntan nada, esperan que el padre tome la iniciativa, pero él no les dirige la palabra y se distancia del pesebre... Se sienta unos segundos, luego se levanta y se aleja un poco más hasta sentirse solo.

Miriam abraza como puede a su hija, y con lágrimas en los ojos procesa la lluvia de imágenes que atraviesan su vientre y su corazón: los rostros lapidarios del pueblo, la conversación con sus padres ante la noticia del embarazo, la confesión a José y sus dudas, el horrible viaje a Belén, pero todo parece detenerse en el encuentro con el ángel... La sensación que tuvo frente a este ser, el peso de su voz, la angustia y posterior paz tras la noticia recibida. Su corazón comienza a latir más fuertemente cuando piensa en su respuesta al ángel pasan lentamente con colores, olores y sensaciones que la conmueven. La bebé parece sentir el corazón turbado de su joven madre y se mueve. Miriam prefiere focalizarse ahora en la vida que está en sus brazos. La mira, y a pesar de la poca luz, no se pierde ni un detalle de ella.

-¿Qué sueño fue ese? -piensa José-

Las preguntas de José responden a su sentido de justicia. Miriam le ha mostrado respeto y devoción. La duda sobre su propio sueño le hace cuestionar también la visión que tuvo Miriam en la que un ángel le habló del nacimiento de quien salvaría a Israel.

-¿Puede haberse equivocado el ángel? Pero ¿En ambos casos? -Se pregunta buscando alternativas, sin pasarle ni remotamente la idea que la salvación podría venir de una niña.

Ahora ve pasar unos pastores y pastoras hacia el pesebre y José se levanta como si fuera uno más de ellos. Los pastores preguntan por la criatura que acaba de nacer. Salomé, que ha salido del lugar, le dice que se trata de una niña y que reposa con su madre. Entonces, las mujeres entran a verlas y le dan una señal de reverencia contándoles que ángeles del cielo acaban de proclamar su nacimiento. Miriam no entiende lo que sucede. Lo cierto es que otra vez pareciera que la gracia de Dios la acompaña. La mujeres le desean lo mejor y agradecen a Dios el nacimiento de su hija. Es sorprendente, pero ninguna de ellas cuestiona el hecho que no sea un varón. Luego, salen del lugar y cuentan a los varones sobre la niña y su madre, y todos vuelven juntos alabando a Adonai mientras José permanece parado cerca del pesebre sin decir palabra alguna.

José no entiende cómo es que las cosas pueden presentarse de modo tan distinto a como las interpreta. A menudo se dice estar abiertos al obrar de Dios pero esto no sucede cuando las cosas no son como se quieren. Sí, está bien decir "querer", porque siempre hay posibilidades de vivir los cambios, sobre todo cuando se cree en un Dios que obra en nuestras vidas, que actúa en lo más profundo de nuestro ser y desde afuera, como un Otro. Las cosas pueden ser diferentes pero buscar en lo más íntimo lo mismo.

José, que ha observado todo esto, deja correr la noche en diálogo con las estrellas. Recién en la mañana entra al pesebre, y en un último gesto de duda sobre la capacidad de las mujeres aún para determinar el sexo de su bebé, la carga ver su sexo. Mientras la toma y le saca las mantas advierte que la niña tiene el cabello oscuro como el suyo y que su tez es trigueña como la suya. Está muy arropada, pero igual la sigue desenvolviendo. Miriam, que se ha despertado, no hace comentario alguno pero siente dolor. No dice nada, no debe incomodar a su esposo. Descubierto el cuerpito, José constata que no es un varón. La criatura se mueve como reclamando su humanidad. Seguramente que es por el frío, pero José lo interpreta como una señal de pudor y la vuelve a envolver.

Vuelve a mirar a Miriam y observa sus lágrimas pero también su sumisión. Entonces se sienta a su lado, al lado de las dos mujeres, y decide dentro de él dejar de cavilar tantas cosas. No se atreve a decirlo para afuera, pero ya dentro de su corazón empieza a orar:

-Elohei Adonai, tuyo es el reino, el poder y la gloria. Tus caminos no son nuestros caminos. Que sea como tú desees...

Una niña los guiará, una mujer liderará al pueblo hacia Dios. No todo está pensado, mucho menos programado. La esperanza recién comienza con la conversión de esta joven familia. Miriam vuelve a sollozar porque espera algo bueno de todo esto. José, ahora justo, "guarda todas estas cosas en su corazón".

Juan José Barreda es peruano, pastor de la Iglesia Evangélica Bautista de Constitución en Buenos Aires (iglesia miembro de la Red del Camino). Tras hacer una Maestría en el Seminario Internacional Teológico Bautista de Buenos Aires, hizo su doctorado en el campo de Biblia en el Instituto Universitario ISEDET. Actualmente es Secretario de Publicaciones de la Fraternidad Teológica Latinoamericana y Coordinador de Bíblica Virtual.








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