Módulo II: Visiones de la Familia en el Antiguo y Nuevo Testamento

Charla con el Dr. Edesio Sánchez Cetina con relación a la Familia en el Antiguo Testamento a manera de presentación del Módulo II del Diplomado Universitario en Consejería a Personas Divorciadas. 2do Inicio: 19 de Agosto. Info: administracion@biblicavirtual.com




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Módulo I: Familia, matrimonio y divorcio en perspectivas de género

Conversación con la prof. Carolina García sobre el Módulo I: "Familia, matrimonio y divorcio en perspectivas de género", que forma parte del programa de Diplomado Universitario en Consejería a Personas Divorciadas.


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Una lectura exegética a los milagros de Jesús por las personas con discapacidad...

 
 
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¿Qué quieres que haga por tí? (Mr 10:46-52)

Dr. Néstor Míguez

Al principio me pareció la pregunta más absurda, pero luego me di cuenta que fue la pregunta que cambió mi vida.

Me llaman Bartimeo, el hijo de Timeo. Pero Timeo y mi madre me engendraron ciego. Nunca había visto la luz, no sabía lo que era un color, nunca conocí un rostro, no sabía lo que era una sonrisa. Mi mundo era un mundo pobre, no solo porque no tenía la vista, pero tampoco otras riquezas estaban a mi alcance. Una familia que pronto se deshizo de mí porque mi propia ceguera los acusaba. Una ciudad que me expulsaba porque mi presencia era la marca de la debilidad. Así era mi vida, al costado del camino, en la antigua Jericó de Rahab, la de los muros tumbados, la reconstruida a precio de sangre, bendita y maldita Jericó. Maldita, para mí, desde mi cuna, aunque ni cuna me dieron.

Pobreza es la falta de afecto, la falta de cuidado, la falta de misericordia, y de esa pobreza me quejo más que de la falta de vista. Me hicieron pobre y mendigo, me redujeron a ser una piedra al costado del camino, lo que sobra, lo que no es. El testigo ciego de la ambición y el prejuicio, el obligado parásito de la caridad ajena, el molesto pedigüeño en el cual descargar enojos y burlas. De vez en cuando, la limosna denigrante con la cual alguno que otro que se creía generoso cumplidor de la ley me daba a comer pan de lágrimas, lágrimas de los ojos negados.

Pensar que el ciego era yo, pero eran ellos los que no me veían, no veían al ser humano que yo soy, no sabían de mis sueños sin imágenes, de mis deseos sin respuesta, de los sufrimientos del desamor. Y yo, aunque ciego, veía; veía la soberbia de los mediocres, el legalismo que expulsa, la dolorosa enfermedad de los que se creen sanos porque ven, pero no ven su propio pecado, que es la peor enfermedad. Ciego y pobre, pero no tan ciego y pobre como algunos ricos videntes. La vida me tiró al lugar de la pobreza, pero lo que me faltó en bienes me sobraba en experiencias, no siempre las mejores.

Ciego no significa sordo. Y escuchaba a los transeúntes de las mil caravanas, que pasaban de largo. Enriquecía mi pobre mundo con los sonidos y las voces, con los cuentos a medias que me llegaban, con los comentarios al pasar. Y entre esas historias comenzó a resonar una y otra vez un nombre, un tal Jesús.

Galileos en camino al templo lo nombraban una y otra vez. Aparecía en muchas historias: que a su voz se produjo la más maravillosa pesca en el lago, que alimentó a una multitud con solo unos pocos panes, que curó a un hombre de mano tullida, a una mujer encorvada, a otra con flujo de sangre. Diez leprosos habían sido limpiados por su palabra. Otros decían que un paralítico había caminado en Jerusalén, cerca del estanque de Siloé, que los demonios huían ante su voz y presencia. Incluso que una niña había sido resucitada. Y, sí, también, que había vuelto la vista a los ciegos. Yo escuchaba esas historias, y ¡cómo quería creerlas!

Había también otras voces: las de los fariseos que lo acusaban de quebrantar la ley, de no guardar las formas ni el sábado, de rodearse de pobres y rústicos, de publicanos y prostitutas, es decir, de andar entre gente como yo, herida de impureza. Se ensañaban con su manera de enseñar, con el mensaje ambiguo de sus parábolas, se sentían ofendidos por su manera de contestarles, por anunciar un Reino de pobres y niños, de los que ellos serían excluidos.

Ocasionalmente, cuando alguno con un poco más de simpatía se detenía cerca mío, aprovechaba para preguntar. Y así me enteré que se creía que era descendiente del rey David, que había sido bautizado por Juan, y que en ese momento se había manifestado la voz de Dios. Los rumores anunciaban que era un profeta de los antiguos, al estilo de Jeremías o el mismísimo Elías vuelto a la tierra. Una vez pasó un seguidor de Juan, el profeta bautizador que había sido asesinado por Herodes. Ese sí me trató bien; incluso me regaló la capa que tenía, porque decía que eso era lo que Juan enseñaba. Y que Jesús era el que Juan había anunciado. Me dijo que Juan, cuando estaba en la cárcel, le había enviado a él y a otro de sus seguidores a encontrarse con Jesús para preguntarle si él era el Mesías, o tenían que esperar a otro. Y que Jesús no les había respondido directamente, sino, y el hombre lo recordaba bien, que: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio”. Aquellas cosas que yo mismo oía en los comentarios de los viajeros, y que eran mi propio anhelo, el más profundo de mis reclamos, el más soñado de mis sueños. “¡Ah, si eso fuera cierto!”, me decía. Y si fuera cierto, llegue a la conclusión, sería el Mesías. Y si es el mesías, tarde o temprano vendrá a Jerusalén y tendrá que pasar por Jericó, y yo tendré oportunidad de pedirle que, como a otros, me dé la vista.

Y efectivamente el día llegó. Escuché los rumores, preparé mi alma. Era la oportunidad de mi vida, y no la iba a perder. Así que cuando supe que estaba cerca, comencé a llamarlo, a llamarlo desde lo que quería creer: “Jesús, hijo de David”. No faltó el que me quiso hacer callar. Pero ¡cómo me iba a callar! Tenía que hacer sonar mi voz más que otras voces. Si algo cierto había en Jesús, en lo que había escuchado de él, me tenía que oír, tenía que oír al ciego, al pobre, al dolido. Ese era el Jesús que mi ciega imaginación imaginaba.

Y me oyó, y me hizo acercar. Salté como un resorte. Allá voló la capa que me había regalado el discípulo de Juan. Guiado por las voces corrí a su encuentro, en el último acto de mi ceguera. Y entonces esa pregunta insólita: “¿qué quieres que haga por ti?” Por un momento dudé; acaso, si es el mesías, no debería saber mi necesidad; acaso no es evidente que soy ciego, y que lo que más anhelo es ver. ¿Por qué me tiene que preguntar lo que es obvio? Pero no dudé en la respuesta: “Maestro, que vea”, le dije, remarcando lo obvio. Ustedes ya saben el resultado, porque ahora veo.

Pero volví una y otra vez a la insólita pregunta. Y me di cuenta que en ella estaba encerrado todo el secreto de la libertad humana. Jesús no pensó por mí, me hizo expresar mi propio deseo, decir mi propio anhelo. Me hizo hacer lo que siempre quise hacer. Cuando los otros me habían mandado a callar, él me hizo hablar. Cuando los otros me tenían al costado, él me puso en el centro, haciéndome decir mi propio sentir. Cuando los otros me despreciaron, el me mostró aprecio, y me quiso escuchar. Cuando para otros era simplemente una cosa más al costado del camino, para él fui el ser humano que puede decir lo que quiere desde su propia dignidad. No pensó por mí, no habló por mí, no decidió por mí: me dio lugar para mi propio deseo, mi propia voz, mi propia decisión; el ciego del costado del camino piensa, habla, decide lo que quiere frente al Hijo de David. Yo fui la autoridad, él se puso a mi servicio: “¿qué quieres que haga por ti?

Y cumplió con mi pedido, pero no lo hizo sin mí, lo hizo con mi fe. Me salvó. Me salvó de la indignidad, del oprobio y la burla, de la pobreza que descalifica, del desamor que excluye. Esa tonta pregunta fue la más profunda de todas, la que verdaderamente mostró porqué es el Mesías. Porque antes de darme la vista, me había devuelto la palabra, me había devuelto la dignidad, me había hecho humano de nuevo.


Néstor Míguez es argentino, pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina, Doctor en Teología del Instituto Universitario ISEDET y profesor títular en el área de Biblia (Nuevo Testamento) y Director de Investigaciones en esta misma casa de estudio. Se desempeña desde hace muchos años como docente-facilitador de la lectura popular de la Biblia.



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ESTUDIO BÍBLICO: "El líder". Humildad y soberanía de Dios

por Edesio Sánchez Cetina

Contigo estoy


El valor del individuo se demuestra por sus logros y éxitos en nuestra sociedad y cultura.  Cuando se presenta a un conferenciante, cuando se presenta el autor de un libro, cuando se hace un homenaje a una persona, por lo general resaltan todos sus logros profesionales y materiales, y mientras más larga sea la lista, más es el respeto, la admiración y el valor que se le da.
 
Cuando (mayo, 2005) murió mi padre, tuve el privilegio de dar la reflexión bíblica en su funeral.  Antes escuché más de una vez, en boca de los varios familiares, amigos y feligreses, la lista de logros de ese que en vida fue Don Edesio Sánchez Sánchez.  Al preparar mi reflexión me puse a pensar en cuál sería la voluntad de mi padre al recordar su vida y ministerio, sus logros, éxitos y su relación con Dios, su Padre.  De inmediato mi memoria me llevó a las varias listas de reyes que aparecen sobre todo en los dos libros de Reyes.  De acuerdo con el Deuteronomista, la evaluación de los logros o fracasos no se refiere a cuántos edificios construyó, cuántos enemigos venció y cuántos territorios conquistó, sino cuál fue su relación con Dios y la obediencia a su voluntad.
 
A diferencia del sistema de valores de nuestra sociedad—materialista, individualista y hedonista—el sistema de valores de Dios califica los «logros» a la inversa.  Lo que cuenta no son los logros materiales, políticos o profesionales, sino la intensidad de la dependencia en Dios y en su gracia.  Moisés, con dificultad extrema, aprendió esta lección.  La respuesta de Dios a su oración en Deuteronomio 3.23-29 y lo que Moisés dice en su oración del Salmo 90 no le dejó a Moisés otra alternativa de saber que ante Dios no había credenciales, ni privilegios, ni títulos, ni logros, ni ofrendas o dádivas, sino la dependencia total en él.
 
En su llamado, en Éxodo 3.1-15, Moisés recibió la pauta y derrotero de su ministerio.  Era Yavé, no él, quien daba la visión, hacía el llamado por ser el dueño y sujeto de la misión, e investía con su magnificente YO SOY.
 
A Moisés, como a prácticamente todo ser humano, le costó entender los tres fundamentos sobre los que descansaba su obra y misión: visión de Dios, misión de Dios, «YO» de Dios.  Al líder, más que a otros, le cuesta dejar a un lado o librarse del aura de poder, autoridad e indispensabilidad que lo rodea.  He allí porque cuando Dios diseñó el concepto de liderazgo y misión en la Biblia implementó el principio de dependencia total, de contar más que nada con la gracia divina: ¡Bástate mi gracia! Le dijo Dios al apóstol Pablo.
 
De hecho, el mismo nombre revelado en el momento de la vocación de Moisés, y que coincide con la liberación y formación de la nación de Israel, al parecer no tiene otro significado más que «YO-ESTOY».  Yavé o YHVH no es una forma hifil del verbo hebreo, por más que William Albright lo haya sugerido.  ¡No se ha encontrado ninguna inscripción o texto que compruebe la existencia o uso del verbo HYH en hifil.[i]  Las principales teologías del Antiguo Testamento que tengo a la mano, que se apoyan en las monografías de Vriezen[ii] y Preuss,[iii] apoyan la idea de que el nombre debe entenderse en el sentido de «presencia» o «de estar con alguien». Estas monografías, a su vez, citan, además de Éxodo 3.12 y 14, Oseas 1.9 que en forma negativa expresa la idea de presencia o de estar con: «Yo no estoy para ustedes» (véase también Dt 1.42).
 
En Éxodo 7.1, una traducción literal del TM dice: «Yo te doy/pongo[hago] dios para Faraón».  Es decir, frente al poder político, religioso y militar de Egipto, Moisés era, ni más ni menos, el mismo Dios.  ¡Qué manera de presentarse Dios en la vida de su emisario!  ¡Nada lograría Moisés, si la presencia de Yavé no era real en su vida!  Eso que suena así como algo maravilloso traía un tremendo compromiso y muchas penurias.  Cuando le dices sí a Dios, prepárate para todo, de principio a fin tu vida depende de él.  Ante la promesa de Dios en Éxodo 3.12, Yo estaré contigo, y 33.14, Mi presencia irá contigo, y te daré descanso, Moisés respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra? (Ex 33.15-16).  Pero a Moisés le faltaba algo, no solo confiar en que en efecto Yavé estaría siempre con él y con el pueblo, sino que él y el pueblo estarían siempre con Yavé.  Es decir, que la voluntad de Moisés coincidiera con la de Dios.  ¡Esa era la lección más difícil de aprender!
 
Las oraciones de Deuteronomio 3.23-28 y del Salmo 90—que se estudian en el segundo ensayo de esta serie—son bastante claras para entender que el hecho de que Yavé esté con un individuo o una comunidad, no significa que con ello se tuviera licencia para demandar privilegios o exigir la adecuación divina con la voluntad humana. A Moisés nada le sirvió como argumento para demandarle a Dios que lo dejara entrar en la Tierra prometida.  Por ello, en la segunda parte de la oración del Salmo 90, llegó a la sabia conclusión de que solo dependiendo totalmente en Dios y su jesed o «gracia» podemos salir avante.
 
¡Cómo le costó a Moisés entender aquello que ya Dios le había prometido desde un principio: «Yo estaré contigo, no te dejaré ni te abandonaré».  Y esa fue precisamente la misma promesa dada al sucesor de Moisés (Jos 1.5-9).
 
La presencia de Dios, concretamente a través de su Palabra, es el secreto del éxito (Véase Sal 1.2-3; 119.9, 165).  La dependencia en Dios en la forma de obediencia a la voluntad divina fue la clave del éxito de Josué y del pueblo con él (Jos 21.43-45). A Moisés y a Josué se les une toda una lista de líderes en el Antiguo Testamento a quienes se les evalúa no por resonadas victorias, o por sus magníficas construcciones, o por sus dotes de grandes políticos, gobernantes o estadistas, sino por el simple y llano hecho de que Dios-estuvo con ellos.  Sí, David fue un gran militar, un gran político, un gran poeta y un gran músico.  Pero en el momento más importante de su vida, en el momento en el que Dios decidió hacer «alianza eterna» con David y su dinastía, lo que contó no fueron ninguno de esos logros, sino porque Dios había estado con él (2 S 7.9).  Si los logros materiales y políticos hubiesen sido los motivos por los cuales se calificaran los éxitos de los líderes bíblicos, Salomón, Jeroboam II y Acab habrían sido los campeones y no David.  Pero de ningún rey de Israel y Judá se afirma lo que se dice de David: 1 S 18.12-14, 28; 17.37; 20.13; 2 S 5.10; 2 S 7.3; 14.17; 22.30; 1 Cr 11.9.  Estos textos, como estribillo, repiten las palabras que coronaron la vida y obra de David: «yo, tu Dios, estoy contigo».  Bien sabía David que ese era el secreto de una vida exitosa delante de Dios, y por ello, no olvidó dejárselas a su hijo Salomón como su mejor patrimonio.
 
Más de una vez, los profetas y, a través de ellos, el pueblo escucharon de la boca de Dios la misma promesa: Is 41.10, No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. Is 43.2-5, Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador; a Egipto he dado por tu rescate, a Etiopía y a Seba por ti. Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida. No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré.  Jer 1.8, 19, No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte. . . Te harán la guerra, mas no podrán contigo, pues contigo estoy yo - oráculo de Yahvé - para salvarte.  Jer 15.20, Pelearán contigo, pero no te podrán, pues contigo estoy yo para librarte y salvarte.  Jer 30.11, Contigo estoy para salvarte.  Jer 46.28, Tú, siervo mío Jacob, no temas, dice Jehová, porque yo estoy contigo.  Ez 34.30, Y sabrá que yo Jehová estoy con ellos. Hag 1.13; 2.4, Yo estoy con vosotros, dice Jehová.
 
Cuando pasamos al Nuevo Testamento, Pablo, el gran perseguidor de Jesucristo y de su Iglesia, cuando fue doblegado por el Señor, no pudo hacer otra cosa que entregarse totalmente a él.  Por ello, en la misma línea que Moisés, Josué, David y los profetas, solo encontró apropiado también auto designarse: «Pablo, siervo de Jesucristo».  Para un hombre como él, con tantos logros a nivel humano, el reconocimiento de la dependencia total en Dios era algo sumamente difícil.  Pero, como Moisés, Pablo aprendió bien la lección (2 Co 12.9-10; 1Co 15.10; Gl 2.20).
 
Todo, todo lo que Pablo había considerado como logros y éxitos desde la perspectiva humana, al encontrarse con Cristo y haber sido transformado por él, eran ahora considerados como nada, como «basura» (Flp 3.8-14).
 
Pero es en Jesús que ese «estar de Dios con su siervo» llega a su máxima expresión. Y no hay, quizá, mejor lugar para afirmar esa unión del Jesús con el Padre que en su famosa oración sacerdotal de Juan 17.20-26.
 
 
Pero ustedes me abandonaron
 
La promesa y oferta de la presencia divina en la vida de los líderes de Israel y del pueblo mismo más de una vez se rechazó o ignoró.  Y así, el testimonio bíblico nos asegura que el «yo estoy/estaré contigo» de Dios solo puede ser anulado por el ser humano.  Por aquel a quien Dios le ha dado la certeza de su presencia. No encuentro otro lugar donde se escuchen las palabras tristes y amargas de Dios como se escuchan en Jeremías 2.4-13. Tan profundo fue el abandono y la infidelidad del pueblo de la alianza, que Dios tuvo que decidir «des-revelarse» de la presencia del pueblo, «des-exodisarse» de él: Y dijo Yahvé: Ponle el nombre de «No-mi-pueblo», porque vosotros no sois mi pueblo ni yo soy para vosotros El-Que-Soy (Os 1.9, NBJ).  Esta versión que traduce el hebreo de manera literal es la que mejor eco hace de Éxodo 3.14: Yo soy E- que-soy.  Si en el éxodo Yavé se presentó como eso, como «el-que-era-todo-para-el-pueblo», en el exilio hacía todo lo contrario.
 
Como el pueblo de Israel en el exilio, Moisés, aquel que fue el primero en escuchar el «Yo-soy-porque-estoy-contigo», también experimentó, por sus pecados, egoísmos, desobediencia y falta de visión, el abandono divino, el «no-soy-más-para-ti» (Sal 90.3, TLA: Tú marcas el fin de nuestra existencia cuando nos ordenas volver al polvo; cf. Gn 3.19).  Y ¡con qué palabras más gráficas y con profundo sentido de urgencia clamó de nuevo por la presencia de Dios!: Dios nuestro, ¿hasta cuándo vas a abandonarnos? ¡Vuelve a ser nuestro Dios! ¡Compadécete de nosotros pues somos tu pueblo! (Sal 90.13, TLA).  Bien sabía Moisés, como lo supo Josué, David y tantos otros, que sin Dios nada se puede hacer: «Si Dios está contra nosotros, todos podrán contra nosotros», para parafrasear en negativo ese famoso texto de Romanos 8.31.
 
David también tuvo su traspié (2 S 11), y Dios claramente lo definió como «despreció», «abandono» (2 S 12.10).  Pero la gracia de Dios que es amplia y profunda perdonó a David y, aunque este sufrió, lo restituyó: el nombre que se le pondría al niño que finalmente se llamaría «Salomón» fue el de «Jededías» («amado de Yavé», [2 S 12.25).  Jededías, etimológicamente hablando, está más cercano al nombre de David que de Salomón.  De acuerdo con algunos biblistas, es muy probable que este nombre responda más al «amor» que Dios le tenía a David que la preocupación futura por Salomón.  En efecto, la historia futura del pueblo de Dios se definiría más por la relación de Dios con David que con ninguno de sus descendientes.
 
 
Yo estaré contigo. . . si tú permaneces conmigo
 
En la experiencia del liderazgo, de acuerdo con el testimonio bíblico, Dios es quien toma la iniciativa, y él es quien promete su presencia constante.  Sin embargo, en la experiencia de Moisés, de Josué, de David y de otros tantos, hay una responsabilidad exigida a la parte humana.  En el caso de Josué se expresa de manera muy clara (Jos 1.5-9). Fidelidad a Dios y obediencia a su Palabra son los componentes de la respuesta humana a la promesa divina de su «constante presencia»: no solo de pan vive el ser humano, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Dt 8.3).  Y es precisamente aquí donde se encuentra el principal obstáculo para hacer efectiva la promesa divina.  La duda, la infidelidad, la desobediencia, constantemente pueblan la mente de los «siervos» de Dios; y eso es lo que los hace «tropezar» y muchas veces «caer».
 
¡Cuántas veces, tan pronto Dios convoca, promete estar con el líder y lo envía, la respuesta no es de aceptación inmediata, sino de temor y duda!  Dios envía a Moisés a liberar al pueblo de la esclavitud egipcia, y la respuesta es: «tengo miedo», «¿quién soy yo?», «no puedo hablar, soy corto de palabra».  Dios llama a Jeremías, le define su misión y le asegura su compañía, pero la respuesta de Jeremías es: «no sé hablar, soy muy joven» (Jer 1.4-19).  Y cuando la misión se vuelve difícil y dura, cuando la misión incomoda y coloca en peligro de muerte, ¡hasta el más valiente y convencido flaquea!  Jeremías 20.7-18 (DHH) registra las duras palabras que el profeta le lanza a Dios.
 
No es nada fácil cumplir la parte que le corresponde al ser humano, aquel llamado por Dios «mi siervo».  Ese es y será siendo el problema más grave en el ministerio bíblico y cristiano.  Dios no es el que falla, aunque a veces eso nos parezca.  Los que fallamos somos nosotros, pues a menudo nos cuesta entender la dimensión de la tarea a la que hemos sido llamados; ni tampoco hemos interiorizado ni convencidos del todo de lo que significa la promesa de Dios de estar siempre con nosotros y de no abandonarnos.  ¿No fue el mismo Jesús, Hijo de Dios, quien también flaqueó en algún momento?: Jesús se alejó un poco de ellos, se arrodilló y oró a Dios: «¡Padre!, ¡papá!, si fuera posible, no me dejes sufrir. Para ti todo es posible. ¡Cómo deseo que me libres de este sufrimiento! Pero que no suceda lo que yo quiero, sino lo que quieras tú.» (Mc 14.35-36, TLA).  Sin embargo, Jesús no cejó, volvió a colocar la mirada en la misión que su Padre le dio y siguió adelante.  Una y otra vez, les aseguró a sus seguidores de la certeza de su sufrimiento y muerte, y caminó hasta la cruz y su propia muerte para otorgarnos salvación y vida eterna.
 
En efecto, el ministerio cristiano, tal como lo vemos con el mismo Jesús, es una hermosa «simbiosis» entre Dios y el ser humano.  ¡Dios no quiere hacer solo el trabajo!, pero tampoco ¡quiere que lo hagamos a un lado!  De hecho, como muestran Éxodo 3.8 y 3.10, la tarea que Dios decide hacer—y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel—es la misma tarea que le pide hacer a Moisés—Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel.  Cuando el gran apóstol Pablo quiso olvidar este importante detalle, él mismo se detuvo y tuvo que admitir que sus logros no le pertenecían, sino a Dios: he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo (1 Co 5.10).
 
 
Conclusión
 
Aquí en la tierra, en nuestra sociedad occidental, acumular títulos, logros económicos y materiales, tener un currículo extenso son elementos esenciales para triunfar, para ser persona de éxito y ocupar un lugar en la sociedad y dejar un buen nombre para la posteridad.  En el sistema de valores de Dios las cosas suceden al revés.
 
Moisés, Josué, David y los profetas comprendieron que el secreto estaba en tener la certeza de la presencia total de Dios.  Pero ellos tendrían que hacer de su parte, no pedir para sí ni títulos ni éxitos ni premios personales, sino aquel título que los acompañaría en todo su ministerio: «servidor de Dios».  Pablo también aprendió esa lección, y afirmó su pertenencia a Dios y con orgullo se llamó a así mismo: «Siervo de Jesucristo».  ¡Hasta nuestro propio Señor Jesucristo reconoció que sus logros le pertenecían al Padre!  Y más que adjudicarse el título de «Siervo de Dios» lo vivió de tal manera que aquello de lo que había una vez hablado Isaías (53), ahora le venía como el título más adecuado para definir su misión: «Siervo Sufriente».  Por ello, cuando en la escena celestial del reconocimiento del poder de Dios como soberano del universo se presenta a Jesucristo, no se le hace como poderoso conquistar, sino como un Cordero que estaba de pie, pero se veía que había sido sacrificado, y todos cantaban este canto nuevo:

Tú eres digno de tomar el rollo y de romper sus sellos,
porque fuiste sacrificado;
y derramando tu sangre redimiste para Dios
gentes de toda raza, lengua, pueblo y nación.
De ellos hiciste un reino,
hiciste sacerdotes para nuestro Dios,
y reinarán sobre la tierra (Ap 4.6-10, DHH).






Notas:
[i] Edmond Jacob, Teología del AT, Ediciones Marova, 1969: 54.
[ii] Th. C. Vrieze, Ehje aser ehje, Festschrift für Bertholet (1950): 480s; Vriezen, An Outline of Old Testament Theology, Basil Blackwell, Oxford, 1958: 195.  Véase también, Walter Zimmerli, Manual de Teología del AT, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1980: 18.
[iii] Horst Dietrich Preuss, “Jahwe”, Evangelisches Kirchenlexikon-II: 789-791.


Edesio Sánchez es mexicano, pastor de la Iglesia Presbiteriana y Doctor en Teología (PhD) con especialidad en el campo de Biblia por el Union Theological Seminary. Por largos años se ha desempeñado como traductor de las Sociedades Bíblica Unidas, ha participado en la traducción de las más conocidas versiones de la Biblia; y es autor de varios libros en la especialidad de Biblia.


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Charla Bíblica en Buenos Aires: "¿Fue Jesús casado?"

Un análisis del recientemente publicado "Papiro del Evangelio de la Esposa de Jesús".
Se analizarán otros textos antiguos que hablan al respecto,
su vinculación con las Evangelios canónicos y
la vida privada de Jesús.
 


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El Señor: Pastor o Enemigo

Entre la realidad y la apariencia

Edesio Sánchez Cetina

En el relato sobre Noemí y su nuera Rut, encontramos varios elementos que hacen de esta historia, algo digno de contar y estudiar.  El autor es en verdad un excelente literato y, por supuesto, un gran maestro y comunicador.  Empecemos con el establecimiento del escenario –elemento clave de la trama (RV60):

1 Aconteció en los días que gobernaban los jueces, que hubo hambre en la tierra. Y un varón de Belén de Judá fue a morar en los campos de Moab, él y su mujer, y dos hijos suyos. 2 El nombre de aquel varón era Elimelec, y el de su mujer, Noemí; y los nombres de sus hijos eran Mahlón y Quelión, efrateos de Belén de Judá. Llegaron, pues, a los campos de Moab, y se quedaron allí. 3 Y murió Elimelec, marido de Noemí, y quedó ella con sus dos hijos, 4 los cuales tomaron para sí mujeres moabitas; el nombre de una era Orfa, y el nombre de la otra, Rut; y habitaron allí unos diez años. 5 Y murieron también los dos, Mahlón y Quelión, quedando así la mujer desamparada de sus dos hijos y de su marido.

Estos primeros cinco versículos del libro nos proveen elementos clave para el desarrollo del argumento de la obra (lo que está en negrita nos parece de vital importancia):

Contexto histórico (ayudan los amigos: «cuándo» y «dónde»)

Época de los jueces:

-Desobediencia, idolatría, violencia, anarquía y fracaso vienen a ser la impronta de Israel en la época de los Jueces… En aquellos días no había rey en Israel, y todo mundo hacía lo que bien le parecía (Jue 21,25).

-Tanto el pueblo como sus líderes hacen totalmente lo contrario de lo que hace una nación obediente en tiempos de Josué:

Josué                                                              Jueces

Un Dios                                                           Muchos dioses

Un pueblo unido                                             Tribus dispersas y aisladas

Obediencia a los preceptos divinos               Desobediencia a los preceptos de Dios

Distribución total de la tierra                          Compartieron la tierra con otras naciones

Culto a Yahvé en un lugar                             Muchos santuarios y altares

¿Qué respuesta nos da la palabra de Dios a través de la historia de Noemí y de Rut en ese contexto de anarquía, infidelidad y violencia?  ¿En qué «nuevo mundo» sueña Dios para revertir las constantes «metidas de pata» de una sociedad patriarcal y modelada desde la violencia contra la mujer, desde una fe ambigua e idólatra, y desde el etnocentrismo?

. Moab:

-Moab fue un reino altamente organizado, con actividades agrícolas y pastoriles prósperas, edificios de gran esplendor, cerámica característica, y poderosas fortificaciones compuestas de pequeñas fortalezas ubicadas estratégicamente en sus fronteras.

-Nación que, de acuerdo con la historia de los Jueces, había oprimido a los israelitas por dieciocho años (Jue 3.12-14).

-En los profetas se mencionan y con frecuencia se pronuncia juicio divino sobre ellos (véase Is 15–16; 25.10; Jer 9.26; 25.21; 27.3; Ez 25.8–11; Am 2.1–3; Sof 2.8–11).

¿Cómo puede ser que desde la nación enemiga pueda Dios proveer la ayuda necesaria a Noemí—la «nación» desamparada y en decadencia de fe y fortaleza—para no solo sobrevivir, sino escribir su historia futura hacia la gloria mesiánica?
 
.Situación de la mujer:

En la sociedad en la que Noemí vivió, en aquellas tierras del Mediterráneo oriental en pleno siglo XII antes de Cristo, ser mujer ya era en sí un grave problema y, peor aún si era viuda y sin hijos, y en tierra extraña. Es decir, vivía totalmente desamparada; prácticamente condenada a muerte.

¿Cómo se le ocurre a Dios resolver el problema de una mujer—nación—desamparada con la ayuda de otra mujer más desamparada que ella?

Nombres propios (ayuda el amigo «quién»)

.Belén - bet lejem - «casa del pan»

.Elimelec - eli melek - «mi Dios es rey»

.Noemí - no‘emi - «dulce», «placentera»

.Mahlón - majlon - «enfermizo»

.Quelión - kilion - «debilucho»

.Orfa - ‘orpah - «terca» «la que da la espalda»

.Rut - rut - «amiga»

.Booz - Bo´az - «la fortaleza está en él»

.Obed - «servidor»

En el caso de Rut el amigo «qué» acompañado del «quién» me ayudan a penetrar en el análisis retórico o semiótico del texto.  Hago preguntas que me descubran las interacciones entre los personajes y entre los personajes y su medio ambiente.  En la lista anterior de nombres, especialmente los de personas, hay una serie de nombres que reflejan personajes «secundarios», cuyo papel es el de acentuar más el carácter protagónico de los personajes centrales.  Los personajes «secundarios» o de «apoyo» son Elimelec, Mahlón y Quelión.  Son los personajes que «darán al traste» con las «apariencias» o «quimeras» en las que vivía Noemí.1  Sus hombres –así lo describe elocuentemente el autor—no le servirán para nada, a pesar que la sociedad de su época, por el estereotipo de la relación varón-mujer diga lo contrario.  El personaje «Orfa», también de apoyo, servirá para acentuar más el carácter fiel y de amiga de Rut.

Noemí tiene dos nombres, Dulce y Amarga, porque dos serán sus papeles en la historia: al principio vive en aparente «dulzura» (véase Rut 1.21), pero en realidad su vida en el capítulo uno es de «amargura».  Solo a partir del protagonismo de la «amiga», la «amarga» recobrará su verdadero nombre, Noemí, «la Dulce», en los capítulos 2—4.  A la «amiga» también se sumarán dos nombres, el del nuevo «hombre» en su vida, Booz, que le dará le «fortaleza»—y así revertirá la «debilidad» del primer marido—que necesitará para lograr los elementos que completarán la historia: el hijo (Obed = «siervo») que cuidará de la abuela e introducirá a Rut, y por supuesto a Noemí en la línea genealógica del Mesías.


Realidad y apariencia

Al tomar nota de los nombres propios y con la ayuda del contexto histórico y social, podemos empezar a entender el binomio realidad-apariencia.  ¿Cuál es lo aparente en el contexto geográfico al que pertenece Noemí?: «Belén» que es el lugar por antonomasia del «pan», no tiene ese ingrediente que lo define como «Casa-del-pan».  ¿Qué es lo aparente en el caso del esposo de Noemí?: se llama «mi-Dios-es-el-rey», pero de nada le sirve tal apelativo.  Carece de lo básico para mantenerse y mantener a su familia.  Su «dios» y su «fe» quedan atrapados en el nombre nada más.  Otro elemento que obliga a definir el  «apoyo» con el que cuenta Noemí como aparente es el de sus tres hombres.  Como se ve por el contexto histórico y social, era prácticamente imposible para una mujer sobrevivir sin el respaldo masculino.  Pero el autor no esconde para nada el hecho de que Noemí jamás tendría éxito con sus «tres hombres»: el esposo por ser un «don nadie» a pesar del nombre –para el Dios de Israel no era ninguna ganga que ese hombre llevara tal nombre—, y a los dos hijos sus nombres los delatan: «enfermizo» y «debilucho».

En el caso del nombre de las mujeres, llama la atención el hecho de que tanto a Noemí como a Rut las acompaña un nombre «en negativo».  La «Dulce» se autodenomina, «Amarga».  Rut («Amiga») encuentra en el nombre de su cuñada la contraparte: «Orfa», «la que da la espalda».

Pasa algo interesante con «Dios».  El dios que dice servir y adorar Noemí no se difiere mucho del dios al que Orfa regresa a servir y adorar.  ¿De qué valían las palabras de ánimo que Noemí les daba a Rut y Orfa citadas en los versículos 8-9 (RVR)?: Andad, volveos cada una a la casa de su madre; Jehová haga con vosotras misericordia, como la habéis hecho con los muertos y conmigo. 9 Os conceda Jehová que halléis descanso, cada una en casa de su marido.  Su dolor, su falta de esperanza y las palabras con las que califica a «su dios» (amargura tengo yo. . . pues la mano de Jehová ha salido contra mí [1.13].  No me llaméis Noemí, sino llamadme Mara; porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso. 21 Yo me fui llena, pero Jehová me ha vuelto con las manos vacías. ¿Por qué me llamaréis Noemí, ya que Jehová ha dado testimonio contra mí, y el Todopoderoso me ha afligido? [1:20-21]) negaba la «aparente» fe con la que animaba a las nueras.  Será Rut, la extranjera y mujer como Noemí, la que «devolverá» la «realidad» de la presencia y autenticidad del Dios verdadero en quien Rut si tenía fe, a pesar de que «Yavé» no era su dios originalmente.  El poema de los versículos 16-17 es por demás elocuente:

No me pidas que te deje;
ni me ruegues que te abandone.
Adonde tú vayas iré,
y donde tú vivas viviré.

Tu pueblo será mi pueblo
y tu Dios será mi Dios.
17 Donde tú mueras moriré,
y allí mismo seré enterrada.

Que Dios me castigue
si te abandono,
pues nada podrá separarnos;
¡nada, ni siquiera la muerte!»
(TLA).

Rut no regresaría a Moab, porque el dios de ese país no tenía nada que ofrecerle.  Pero a la vez, Rut se presta a darle tremenda lección de fe a su suegra. Pues el Dios de Israel, Yavé, en el que Noemí pretende creer pero en quien de verdad no cree, sino a quien más bien tiene por enemigo, es el Dios en el que Rut cree y está dispuesta a apostar el «destino» de su vida.

La «apariencia» está en la fe de Noemí, quien ni decidió hacer del dios de Moab su dios, pero tampoco lo había hecho con Yavé.  La «apariencia» está en «quienes» Noemí había decidido poner su confianza y apostar su «destino»: sus hombres (1.21) y un «dios» con rasgos ambiguos: Animaba a sus nueras poniéndolas «al cuidado» de Yavé, pero ella lo consideraba la «fuente de su amargura», lo tenía por «enemigo».  Es por demás elocuente la «ceguera» de fe que Noemí sufrió a causa de su dolor y amargura.  Noemí se había olvidado que salió de Belén sin nada –un esposo que no era hijo del rey del universo, dos hijos que no le servirían de apoyo y una ciudad que no era capaz de darle pan.  Pero a pesar de eso les dice a las damas de Belén que de allá había salido «con las manos llenas» y que ahora regresaba «con las manos vacías».  Esa era la «apariencia». La «realidad» era, por supuesto, otra.  Había salido de Belén con «las manos vacías»; por ello tuvo que irse de refugiada a Moab.  Y ahora que regresaba de nuevo a Belén, no venía, como ella creía, con las «manos vacías», sino que regresaba con Rut, su «amiga»—esa que el libro de Proverbios califica así: hay amigos que valen más que un hermano (18.24b, TLA); El amigo siempre es amigo, y en los tiempos difíciles es más que un hermano (17.17, TLA).  La historia que se escribiría en los capítulos 2—4 iba a demostrar que «las apariencias» engañan, y que cuando la fe en Dios pasa por los «cánones» y «moldes» de la sociedad y cultura general esa fe se distorsiona, y distorsiona nuestra manera de entender a Dios y a los otros.  Si la cultura «enseña» que la respuesta a las necesidades está en «este o aquel» o en «esto o aquello», entonces «dios» tiene que pasar por ese tamiz.  Jamás se «piensa» que Dios tiene un sistema de «valores» tan radicalmente distinto a los de la sociedad imperante, y que, de acuerdo con el testimonio bíblico, nos sorprende con «instrumentos» no «compatibles» con las expectativas del mundo actual.

Lecciones de la vida

Cuando Rut decidió hacer de Yavé su Dios, y de Judá su pueblo—Belén incluido—, lo hizo con el tipo de «fe» que Jesús, siglos después, vería en la mujer sirofenisa (Mt 15.28) y en el capitán romano (Mt 8.10): Jamás había visto tal fe en Israel.  Rut le enseñaría a su suegra—y a todos nosotros de paso—a  escribir una nueva historia, con un nuevo libreto y un nuevo final. En efecto, Rut no solo fue instrumento para que Noemí tuviera provisión ininterrumpida de comida, sino que también le proveyó de una familia, le devolvió su valor de persona y la hizo miembro de la realeza divina: día a día, Rut regresaba a casa con suficiente cebada para la alimentación; llegó a ser esposa de Booz, el rico del pueblo; le devolvió a la suegra «su estima propia», pues con su actitud firme y emprendedora, Rut despertó en Noemí la sabiduría de dar el buen consejo a la nuera y de aprovechar las oportunidades (Rut 3.1-4); Rut, al llegar a ser esposa de Booz, se colocó y colocó a su suegra en la línea genealógica de Jesús, el Mesías esperado de Israel y Salvador del mundo. ¡Qué más pudiera haber querido Noemí!  En su dolor, sufrimiento y amargura nunca se imaginó que literalmente junto a ella estaba la respuesta a sus problemas, angustias y dolores.  ¡No, Yavé no la regresaba con las manos vacías!  Más bien la regresaba con las manos llenas, y con una maravillosa lección de fe.  Su vida no la definiría de acuerdo al patrón dictado por la sociedad de su época, sino por lo «inconcebible».  Es decir, por aquel instrumento que la sociedad por lo general dice «no sirve, es incapaz», pero que Dios «afirma» y usa de manera sorprendente y novedosa.

En la persona de Rut, «la amiga», Dios le devolvió la «dulzura» a Noemí, y le devolvió la vida.  Las mujeres de Belén le decían a Noemí:

Bendito sea Dios que hoy te ha dado un nieto para que cuide de ti. Dios quiera que cuando el niño crezca llegue ser muy famoso en todo Israel.  Él te hará muy feliz, y te cuidará en tu vejez, porque es el hijo de tu nuera Rut. Ella vale más que siete hijos, porque te ama mucho y ha sido buena contigo (Rut 4.14-15, TLA).

La historia se cierra formando una especie de marco, devolviéndole al sino de «muerte» y «desolación», «vida» y «esperanza»: Noemí salió del «pueblo-sin-nada-de-pan», y regresó al «lugar-donde-nunca-falta-el-pan»; salió dependiendo de la «enfermedad» y la «debilidad», y regresó con la fuerza de la compañía de una nuera que «valía más que siete hijos», más la fuerza del nuevo esposo que se llamaba «fortaleza»; salió perteneciendo aparentemente al linaje real, y se convirtió en «abuela» del Mesías divino, Salvador del mundo y «Rey de cielo y tierra» en cuyo reino sería primero «servidor» (Obed) más que «emperador».

Intertextualidad

Por medio de la «analogía», tal como vimos en la sección sobre la unidad de ambos testamentos, podemos ubicar varios relatos y textos en el Nuevo Testamentos que nos permiten «abrir» más la enseñanza de nuestro texto tomado del Antiguo Testamento.

El primer texto que propongo es el de la genealogía de Jesús en Mateo 1.1-17.  De todos es conocido el hecho de que en esta genealogía el autor insertó el nombre de cuatro mujeres con un «pasado cuestionable»: Tamar (1.3) jugó a la prostituta con su suegro (Gn 38); Rahab (1.5) fue prostituta además de ser «extranjera» (Jos 2.1); Rut (1.4) fue extranjera y pagana (Rut); Betsabé, la esposa de Urías (1.6) adulteró con David (2 S 11).  Con el ejemplo de esas cuatro, ¿qué pensar de la joven María cuyo hijo nacería en condiciones por demás «extrañas»?  Pues en medio de esas «rarezas» y «excentricidades» Dios hacía caminar su proyecto de salvación y de instauración de su reino.

El segundo texto es el de la mujer sirofenicia en Mateo 15.21-28.  Antes de ella, el espacio misionero de Jesús se restringía a «las ovejas perdidas de Israel».  Con la fe de esta mujer, Jesús mismo es «convertido» a una misión para los «gentiles».  Así como Noemí fue desafiada a tener realmente fe en Yavé a través de la fe una de mujer extranjera, del mismo modo, Jesús fue desafiado a expandir su comprensión del proyecto de Dios y de su reino por una mujer extranjera.

El texto en nuestro contexto

En realidad no es difícil descubrir las lecciones para hoy en el texto bíblico estudiado.  El tema de la «fe», el binomio «apariencia-realidad» y el asunto del sistema de valores de la sociedad actual vis a vis los de Dios son asuntos que inciden directamente con la práctica de nuestra fe en el «aquí y el ahora».  A través de mucha de la predicación y enseñanza, recibida a través del púlpito, la radio y la televisión, la «teología de la prosperidad»--resultado del materialismo que nos invade—nos vende la idea de que fe en Dios y éxito van de la mano de acuerdo con los valores de este mundo.  La actitud triunfalista de muchas iglesias y líderes nos «enceguecen» y no nos permiten ver, tal como le pasó a Noemí, que Dios levanta «amigas» como respuesta a nuestros graves problemas de vida.


Edesio Sánchez es mexicano, pastor de la Iglesia Presbiteriana y Doctor en Teología (PhD) con especialidad en el campo de Biblia por el Union Theological Seminary. Es traductor de las Sociedades Bíblica Unidas y ha participado en la traducción de las más conocidas versiones de la Biblia. Actualmente es profesor en la Universidad Bíblica Latinoamerica en San José de Costa Rica, y Secretario Regional para Centro América y el Caribe de la FTL.

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Entrevista para Bíblica Virtual al Dr. Jorge A. León




El Dr. Jorge A. León concedió a Bíblica Virtual una entrevista para hablar sobre la sexualidad y la tarea pastoral. El Dr. León es considerado el "padre" de la Psicología Pastoral en Latinoamérica. Tiene más de 60 años de experiencia en consejería y es un escritor muy reconocido. Entre sus libros están "Psicología pastoral para todos los cristianos" (14ava ed.), "Hacia una Psicología Pastoral para el año 2000", "Psicología Pastoral para la Familia" y "Psicología Pastoral de la Depresión".

Este video es el resumen de un video más extenso de 22 minutos que forma parte del material del Curso: "Sexualidad en la pareja. Análisis de textos bíblicos".



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Curso OnLine: "Sexualidad en la pareja. Análisis de textos bíblicos".

Inicio: Viernes 14 de Septiembre
 
 
  



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Resurrecciones en Samaria (sobre Juan 4)

Por Juan José Barreda Toscano

Se pensó que la jornada sería corta, pero no lo es. Los caminos se hacen más largos cuando éstos vienen cargados de tensiones internas. Esta vez no son los "otros", sino los mismos amigos quienes guardan un silencio total. Nada. Ni una palabra se pronuncia. Sin embargo, en los ojos de todos ellos se pueden oír los gritos de disconformidad. Aun las aves parecen oírlos pues todas ellas levantan vuelo ni bien perciben los alaridos de sus miradas. Joshua sabe lo que pasa por los corazones de sus amigos, pero solo camina. Distendido transita su camino y disfruta del silencio. Otro silencio es el suyo..., uno distinto al de los doce.


Llegada la noche deciden establecerse en un lugar algo descampado. Se sientan alrededor de un fogón que el mismo Joshua ha preparado. Quienes no soportan el silencio sacan los temas de conversación más insólitos. Furzios y tartamudeos acompañan sus exposiciones y delatan la incomodidad que todos sufren, menos Joshua. Johanán no habla. Está inquieto porque quiere preguntarle a Joshua el por qué de todo esto, pero tiene temor y el temor le duele. Este dolor lo desilusiona porque él mismo es mejor al lado del maestro. Con Joshua quiere creer, pero este silencio le revive experiencias que pensó haber dejado atrás. Digo: "no decir", obedecer irreflexivamente como una forma de "fidelidad", aceptar la censura camuflada en "la verdad". Es una noche rara en tierra extraña... Más cansado de lo normal, Johanán se disponer a dormir recostado sobre trapos y pieles que lo libren de tener mayor contacto con aquel suelo.

Era necesario que estuvieran en Samaria. Joshua, como es su costumbre, se aparta del grupo para descansar. No hay estrellas ni luna que iluminen su entorno. Todo existe de forma más poderosa. A pesar de las calumnias que las religiones han levando contra ellas, Joshua disfruta a pleno la bendición de las tinieblas. Su primera sensación es la del temor. Luego, descansa en la vulnerabilidad. No sabe qué hay a su alrededor y por ello tampoco qué hacer. Entonces, decide entregarse y se acuesta en el suelo. Sin mantas ni mantos, siente el pasto terso que le es amigable. Mueve un poco sus brazos y luego los recoge sobre su cabeza haciéndolos de almohada. Mira la oscuridad y disfruta de la impotencia. Ruidos diversos vienen de desconocidos lugares y todos ellos parecen estar dirigidos a él. En ese silencio y esa accesibilidad se comprende tan solo como un ser humano, piensa en la grandeza de su Padre y la belleza de la creación, que por bella es también buena.


 
-Maestro --Sin abrir los ojos sabe quién es--. Puesto de pie, Joshua sugiere el camino y pero les pide a los doce que se adelanten a la ciudad a comprar algo de comer.
 
-Maestro, ¡tenemos para comer! --Le dice Jacob--
 
-Pero no es suficiente --Contesta Joshua mientras inicia su camino-- Encuéntrenme en Sicar al regreso.
 
Un silencio volvió a envolver a los doce. ¿Qué propuesta era esta? Ya no serían tan solo viajeros transitando una tierra impura, ahora, peor todavía, tendrían que recibir la hospitalidad ¡¡de los samaritanos!! Entrar en contacto con ellos, hacer acuerdos, comer alimentos provenientes de sus manos... su pan, su vino... ¿Cómo esperaba Joshua que los samaritanos recibieran a estos judíos? Quizás hasta tendrían que dar alguna explicación sobre su presencia en esas tierras... Al marcharse Joshua, atropellaron el espacio los comentarios:
 
-¿Qué es esto? --Explosivamente exclamó el ex cananista Shimón--
 
Todos los demás también explotaron al unísono en sus comentarios... Cefas arrojó al suelo su bolso en señal de desacuerdo con la solicitud de su maestro. Johanan se apartó del grupo por unos metros y se sentó a la sombra de un árbol aislado del resto. Por los labios de Judas pasaban mil conjuras de arrepentimiento por seguir a Joshua hasta ese lugar. De alguna manera, todos expresaban sus dudas y sus temores. ¿Sería que aquello que se decía de Joshua era verdad? ¿Sería un farsante? La lógica de Jesús no tenía lógica.
 
Los amigos tardaban. Sentado junto al pozo de Jacob, padre de los Samaritanos, Joshua ve que el sol empieza a ocultarse. Ha pasado la tarde y no ha podido beber nada. No tiene en qué contener algo de agua para beber. Sería inapropiado de su parte beber del recipiente que todos los demás usan para llenar sus recipientes. Contaminaría el agua para los demás. Entre la gente, ve acercarse a una mujer con cierta prisa. Shulamit lleva sobre su cabeza un jarrón vacío, seguramente para llenarlo de agua y llevarlo a su casa. Quizás sin pensarlo demasiado, quizás con toda la conciencia del mundo, cómo podemos saberlo, Joshua le pide:
 
-Mujer: ¿me da un poco de agua?
 
Cuando está a punto de dárselo, Shulamit advierte que aquel hombre no es samaritano, es judío. Entonces se detiene y suelta el comentario:
 
-¡Cómo se le ocurre pedirme esto? ¡No es más que un judío!
 
Joshua recordó el desprecio que los samaritanos sienten hacia los judíos...
 
Mientras tanto los doce han resuelto no ir a la ciudad. Sin acordar qué le dirán a Joshua, han emprendido camino a Sicar para encontrarse con él. Lo más valiente hubiera sido seguir paso a Galilea, pero no ha llegado a tanto su coraje. Hay muchas cosas en juego para no tomar esa decisión tan coherente. La opinión de sus familiares, por ejemplo. Todos, a excepción de uno, son casados y no son bien vistos por haber dejado en casa a sus esposas e hijos. Inclusive, podría ser que ellas prefirieran cargar con la vergüenza de ser mujeres abandonadas, antes que tener al lado a un esposo que ha perdido su honor por haberse involucrado con un falso Mesías. Aquello que mueve los pies de los amigos de Joshua no es precisamente la confianza, es la angustiosa necesidad de tener soluciones a todas sus intrigas.
 
-Si Usted supiera del amor de Dios y quién soy yo, Usted me solicitaría agua a mí; y la verdad, yo se la daría sin ninguna excusa un agua para que tenga una vida plena --le dijo Joshua--
 
Shulamit le contestó con un tono de voz más alto:
 
-¿Qué se cree Usted...? 
 
De repente advierte que está sosteniendo una conversación en público con un hombre desconocido. Pero su celo por Dios es mayor y desestima las miradas incriminatorias para defender su fe.
 
-Jacob es nuestro padre. De este pozo se alimentaron sus descendiente, los doce. O será que... ¿Se cree más importante que él? No tiene siquiera con qué sacar el agua... ¿Qué agua puede darme?
 
Las cartas estaban sobre la mesa. Shulamit muestra abiertamente su arraigo a su fe samaritana y su antipatía a la arrogancia de los judíos.
 
-Te das cuenta que no le va a gustar esto, ¿no?
 
-No me importa. No puedo contaminarme de esta manera... No estoy para este tipo de cosas. Espero que tenga una explicación o me vuelvo a la pesca --ya casi llegando a Sicar, conversaban Johanan y Cefas--
 
Joshua también observa que la situación se ha complicado. La mujer parece ofendida y si las cosas se ponen más tensas podría él mismo terminar siendo expulsado, o peor aún, agredido físicamente por la población. Pero las miradas de desagrado no son solamente hacia él, también hacia ella. Él admira su pasión, pero piensa que buena parte de su intrepidez responde a un corazón experimentado en el dolor. Aunque todo dolor no termina en sabiduría, el de ella parece haber superado la resignación por la fe valiente en el Dios de su padre Jacob.
 
-Ya le digo, cualquiera que beba de este pozo volverá a tener sed, pero si bebe del agua que yo le ofrezco será como tener una fuente de agua en su ser para gozar de una vida plena --le dice Joshua--
 
La mujer calla y lo mira. Esta segunda mención a la vida plena la ha silenciado. Ahora advierte que es una propuesta y Joshua la mira con ternura. Ella puede reconocer esa mirada de algún lugar. No recibe cariño desde hace mucho tiempo, pero sabe que existe. Sabe que hay amor en el mundo. Ese afecto que alguna vez recibió lo ha guardo en lo profundo de su ser a pesar de tantos años de sufrimiento. Por esa esperanza es que ahora reconoce esa mirada.
 
-Dame de esa agua para que puede seguir creyendo --Shulamit le dice a Joshua en tono bajo y titubeante--
 
-Trae a tu esposo para poder dártela
 
Ahora la desazón se apodera de Shulamit. No había acuerdos con mujeres. Ni siquiera en materia de fe. No debió haberse ilusionado, pensó. 
 
-¡No tengo esposo! --Le contestó enérgicamente mirándolo a los ojos--
 
-Es verdad, --le dice pausadamente Joshua-- pues tuviste cinco esposos, pero el hombre con el que vives no es tu esposo, ¿verdad?
 
Shulamit no entiende lo que sucede. Cómo es que conoce su historia. Es posible que su cuerpo cansado, que su mirada espaciada, le haya dicho a este hombre que ella es una mujer sufrida. ¿Pero conocer de su viudez y los abandonos?... ¿Cómo podría saber esto? ¿Quién se lo contaría? Nuevamente la postura de Jesús parece decirle algo más. Él no se acerca como quien la desprecia, sino como quien se preocupa por ella. No la culpa de los desprecios que sufrió en sus divorcios. Conoce su actual condición de sierva de un hombre que la explota como una esclava.
 
-Me parece que eres un profeta. Yo..., digo, nosotros... tenemos una tradición religiosa distinta a la judía. Para nosotros Dios se revelaba desde Gerizim, pero Ustedes dicen que lo hace en Jerusalén --comenta Shulamit --
 
-Mujer, no te lo voy a negar. Ustedes adoran lo que no saben, pero nosotros sí lo sabemos. La salvación surgirá del pueblo judío. Pero no es por los judíos, ni para los judíos por el mero hecho de serlo. Ha llegado el tiempo en que ni en Gerizim ni en Jerusalén, ni por ser judío o samaritano, ni por hombre, ni libre...
 
(la emoción enciende el rostro de Shulamit)
 
Camino a Sicar, Judá, no el tesorero, el otro, detiene su marcha y les pide a los demás que se detengan. No se anima a llegar a Joshua sin la comida. No se trata obviamente de dejar al maestro sin comida, sino de ir demasiado lejos con aquello de no mezclarse con los samaritanos y rebelarse al maestro. Claro que Joshua sabe que esto les molesta, pero ¿por qué pensar que la solicitud de Joshua es provocativa? Es decir, ¿por qué creer que les ha pedido esto para humillarlos o hacerles notar su autoridad? Nunca ha procedido así. Invitándolos a mirar hacia el oeste, a menos de 100 codos, se puede ver una pequeña aldea en la que podrían conseguir algo de comer.
 
-Siguen siendo samaritanos --aclara Leví--
 
-Claro, porque tú no tienes una historia, ¿verdad? --le replica Judá--
 
Ahora Leví lo mira fijamente dispuesto a iniciar una discusión. Cefas lo nota e interrumpe con una sugerencia.
 
-Elijamos a uno para que vaya y compre algo de comer
 
-Que vaya Judá  --dice Leví--
 
Resuelto a no encontrarse con Joshua sin algo que darle de comer, Judá prefiere contaminarse y se dirige hacia el pueblo con el dinero que el Iscariote le acaba de entregar.
 
-Dios es Espíritu, y los que le adoran, únicamente podrán adorarle desde un testimonio de vida consecuente con su Padre. No habrá lugar entre ellos para la discriminación ni el desprecio. No habrá herencias raciales ni de género, ni historias personales que los excluyan... Todo ser humano tendrá libertad para acercarse a Dios.
 
Ahora sonriendo, Shulamit quiere abrazar a Joshua pero no llega a tanto.
 
-Sabía que vendría un Mesías y nos compartiría todas estas cosas...
 
-Tú ya sabías mucho de esto, yo solo te estoy anunciando su realización...
 
Shulamit dejó el jarrón en el suelo y salió corriendo a la ciudad anunciando que había hallado al Mesías. En ese transcurrir se cruza con los doce que venían con algo de comida y les comenta lo que le había sucedido. Estos hombres se quedan sin palabras y observan que otros samaritanos se acercan y le prestan toda la atención. No es su vehemencia, sino su claridad para expresar su fe lo que convoca a tantos... Inclusive los doce le prestaban total atención. Al oír todo esto, muchos samaritanos de aquella ciudad se dirigieron a Sicar para encontrarse con Joshua. También fueron los doce. Cuando estaban por llegar se adelantaron a la multitud y le ofrecieron la comida que habían comprado. En especial Judá que esperaba quizás alguna mención especial por haber hecho el esfuerzo de comprar la comida él solo.
 
-No gracias. No tengo hambre --le respondió Joshua ante el ofrecimiento de la comida--
 
Pensaron que quizás ya había comido algo... no entendían bien lo que sucedía. ¡Tanto lío por comprar la comida para nada! ¿Por qué entonces les pidió que comprasen la comida si finalmente no iba a comerla?
 
Inmediatamente después llegan Shulamit y varios samaritanos que quieren oírle. Joshua acepta sus saludos y se sienta con ellos a compartirles el mensaje del reinado de Dios. Shulamit no cesaba de hacer intervenciones y de compartir sus apreciaciones que enriquecían las enseñanzas de Joshua. Los amigos, por su parte, tomaron asiento pero no se animaron del todo a recibir la hospitalidad de los samaritanos. Al menos no todos ellos. Entonces uno se acercó a Joshua y le compartió un pedazo de pan. El maestro le agradeció, bendijo el alimento y lo comenzó a comer sintiendo su cuerpo tener nueva vitalidad. Judá apretó la alforja con la comida, y mientras algunos de los doce seguían atónitos sin entender bien lo que sucedía, este amigo de Joshua abandonaba su muerte al comprender el por qué de la solicitud de Joshua.
 
Dos días enteros compartieron con los samaritanos. No fueron los buenos argumentos de Joshua, sino el encuentro de los cuerpos, de sus historias y sus esperanzas, por lo que los doce conocieron al Dios que es Espíritu. No fue en Jerusalén, ni con los rabinos de sus sinagogas, sino en medio de samaritanos que descubrieron la adoración a Dios desde una vida de inclusión. Cuando recibieron la hospitalidad samaritana se confrontaron a sus propias muertes. Supieron de su soberbia que los excluía de la vida y de su necesidad de amarse de otras maneras. El silencio de Joshua fue llenado en aquellos dos días. El silencio habló por medio de sonrisas, de mantas recibidas para protegerse del frío, de testimonios samaritanos de resurrecciones cotidianas. Es verdad, todos los doce no hicieron el mismo proceso, ni éste fue pleno en aquella precisa ocasión. Pero varios de ellos, como lo había hecho Shulamit y otros samaritanos, se sirvieron del agua que al beberla los llevó a comprender al Dios que es Espíritu y que resucita de las muertes.


Juan José Barreda es peruano, pastor de la Iglesia Evangélica Bautista de Constitución en Buenos Aires (iglesia miembro de la Red del Camino). Tras hacer una Maestría en el Seminario Internacional Teológico Bautista de Buenos Aires, hizo su doctorado en el campo de Biblia en el Instituto Universitario ISEDET. Actualmente es Secretario de Publicaciones de la Fraternidad Teológica Latinoamericana y Coordinador de Bíblica Virtual.





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